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¿Ximena Rincón o la Araña de Rincón ?


Dicen que hay dos tipos de personas en la política chilena: las que tienen brújula y las que tienen panel solar. Ximena Rincón González pertenece, con orgullo y eficiencia energética, al segundo grupo.


Sus inicios


La historia, como siempre, comienza con amor. Joven estudiante de Derecho en Concepción, militante DC desde los 14 años, Ximena conoció a quien sería su marido en el único lugar donde podía conocerlo: la política. Juan Carlos Latorre, ingeniero civil, veinte años mayor, ex presidente de la DC, hombre que ya llegaba con hijos propios y una vida entera recorrida.


Ella tenía 21 años y, según sus propias palabras, "fue parte de mis locuras de juventud". Lo que siguió fueron 22 años de matrimonio, tres hijos en común y, finalmente, una separación que en 2011 sacudió los pasillos del Parlamento como si hubiera habido apagón. Él dijo que era "un tema estrictamente privado". Ella confirmó que "desde hace meses" no vivían juntos. Nadie se sorprendió demasiado. En política, el divorcio —tanto sentimental como ideológico— es casi una especialidad de la casa.


Porque lo de Ximena Rincón con la lealtad es una relación complicada.

Durante décadas fue la niña bonita de la Democracia Cristiana. Cuatro gobiernos la acogieron bajo sus alas: Frei, Lagos, Bachelet, Bachelet de nuevo. Ministra de la Segpres, ministra del Trabajo, senadora del Maule, presidenta del Senado. Un currículo de centroizquierda impecable, con vocación de servicio y discurso social cristiano incorporado.



¿Dónde calienta el sol?


En 2022, tras el plebiscito constitucional, Rincón vio las señales. La izquierda perdía brillo. El centro se vaciaba. Ella, con esa sensibilidad especial que tienen ciertas plantas para orientarse hacia la luz, fundó su propio partido: los Demócratas. Un nombre perfectamente diseñado para no decir nada concreto y poder significar cualquier cosa, dependiendo del viento. En 2025, cuando llegaron las presidenciales, apoyó primero a Evelyn Matthei —centroderecha— y luego, en el balotaje, respaldó a José Antonio Kast. Sí: Kast.


El mismo que durante años fue el coco del progresismo. El mismo ante quien muchos de sus excompañeros de la DC hubieran preferido ayunar antes que votar.

¿Y cuál fue la recompensa? Ministra de Energía.

La ironía es tan perfecta que parece escrita por alguien con demasiado tiempo libre: la mujer a quien acusan de ir donde calienta el sol, termina a cargo precisamente del sol que calienta a Chile. De las termosolares, los paneles fotovoltaicos, la transición energética. Nadie podría haberlo guionado mejor. Ximena Rincón, literalmente, administra el calor.


Sus excompañeros, entre tanto, procesan el duelo como pueden. En la inauguración del año académico de la Federico Santa María, esta semana, alguien entre el público le gritó "¡migajera!" y algo más que la propia ministra, con sangre fría admirable, prefirió no repetir desde el escenario. Ella respondió con humor y aplomo. No le temblaron las rodillas. Claro que no: las personas que han navegado tantos cambios de temperatura política tienen la piel curtida.


Mientras tanto, en algún rincón del Maule, Juan Carlos Latorre —el primer capítulo de esta historia— debe estar leyendo las noticias con la expresión de quien ya no se sorprende de nada.

Porque si algo enseña la vida de Ximena Rincón González es que en Chile, con suficiente movilidad ideológica y el ángulo correcto, siempre hay un rayo de sol disponible.


La ministra de Energía lo sabe mejor que nadie.

 
 
 

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