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Jorge Quiróz, ¿Resucitó a Guru Guru?

En política, la forma es fondo. Esta frase, repetida hasta el cansancio en los círculos de análisis público, adquiere una vigencia clara cuando se observa el desempeño comunicacional de las autoridades económicas. No basta con tener conocimientos técnicos sólidos ni con dominar cifras, indicadores y modelos complejos si aquello no puede ser traducido en un lenguaje claro, cercano y comprensible para la ciudadanía.


La comunicación no es un accesorio del poder: es, en muchos sentidos, su principal herramienta. Y en ese terreno, el actual ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, ha evidenciado debilidades que no pueden pasarse por alto.


Su reciente intervención respecto al alza en los precios de los combustibles no solo generó inquietud por el contenido, sino también por la forma en que fue entregado. En un momento en que la población enfrenta presiones económicas concretas —como el encarecimiento del transporte, el aumento del costo de la vida y la incertidumbre sobre el futuro—, lo que se espera de una autoridad es claridad, pedagogía y, sobre todo, conexión con la realidad cotidiana. Sin embargo, lo que se percibió fue un discurso excesivamente técnico, poco estructurado y difícil de seguir.


Aquí es donde aparece un fenómeno interesante: la ironía ciudadana como mecanismo de crítica. La comparación que algunos han hecho, equiparando la intervención del ministro con el ininteligible “Guru Guru” del Profesor Rossa, no es simplemente una burla superficial. Es una forma de expresar frustración frente a un mensaje que no logra cumplir su propósito básico: ser entendido. El apodo “Gudu Gudu”, que ya comienza a circular, condensa en tono humorístico una crítica más profunda y preocupante: la desconexión entre la autoridad y la ciudadanía.


Este tipo de situaciones no es trivial. En política, la percepción muchas veces pesa tanto como la realidad. Un ministro que no logra comunicar con claridad no solo enfrenta un problema de estilo, sino que pone en riesgo la efectividad de las políticas que busca implementar. Porque una medida mal explicada es, en la práctica, una medida mal comprendida. Y una medida mal comprendida tiende a generar rechazo, desconfianza o, en el mejor de los casos, indiferencia.


El contexto en el que esto ocurre agrava aún más la situación. En un eventual gobierno liderado por José Antonio Kast, donde el énfasis en la estabilidad económica y la disciplina fiscal sería un eje central, el rol del ministro de Hacienda no se limita a la gestión interna de las finanzas públicas. Se convierte también en el principal rostro de la política económica ante la ciudadanía. Es quien debe explicar por qué suben los precios, qué factores están fuera del control del gobierno y qué medidas se están tomando para mitigar los efectos en la población.


Cuando esa explicación falla, el espacio se llena rápidamente de interpretaciones alternativas. En ausencia de claridad, proliferan las dudas. ¿Es incompetencia? ¿Es falta de transparencia? ¿Es indiferencia frente a los problemas reales? Aunque muchas de estas preguntas puedan ser injustas desde un punto de vista técnico, son políticamente inevitables cuando la comunicación no cumple su función.


Además, vivimos en una era donde la comunicación política no ocurre únicamente en conferencias de prensa o entrevistas formales. Hoy, cada declaración es fragmentada, editada y amplificada en redes sociales, donde el margen de error es mínimo. Un mensaje confuso no solo pierde efectividad: se transforma en material viral, muchas veces ridiculizado, lo que erosiona aún más la credibilidad de la autoridad.


Esto nos lleva a un punto clave: la comunicación no es simplemente “explicar mejor”. Es entender a quién se le está hablando. Es reconocer que detrás de cada cifra hay personas que toman decisiones cotidianas: llenar el estanque del auto, pagar el transporte público, ajustar el presupuesto familiar. Traducir la economía a ese nivel no es simplificar en exceso; es cumplir con la responsabilidad pública de hacer comprensible lo que afecta directamente la vida de las personas.


Por supuesto, sería injusto reducir la evaluación de un ministro únicamente a su desempeño comunicacional. Es probable que Jorge Quiroz posea una sólida formación técnica y una comprensión profunda de los desafíos macroeconómicos. Pero en política, la excelencia técnica sin capacidad de comunicación es, en el mejor de los casos, incompleta. Gobernar también es persuadir, explicar, generar confianza. Y la confianza no se construye solo con buenos números; se construye con palabras que la gente pueda entender y sentir como propias.


El desafío, entonces, es urgente. No se trata de convertir al ministro en un comunicador carismático ni en una figura mediática, sino de dotarlo de herramientas básicas para transmitir sus ideas de manera clara, ordenada y empática. Esto implica preparación, entrenamiento y, sobre todo, una comprensión profunda de que comunicar no es un acto accesorio, sino central en el ejercicio del poder.


Porque al final del día, cuando las personas no entienden lo que se les dice, no solo se pierde el mensaje. Se pierde también la confianza, se debilita la legitimidad y se abre un espacio peligroso para la desinformación. Y en un contexto económico complejo, esa es una pérdida que ningún gobierno puede darse el lujo de asumir.


Quizás el apodo “Gudu Gudu” quede como una anécdota pasajera, una de tantas ironías que surgen en el debate público. Pero también puede ser una señal de alerta. Una oportunidad para corregir, para ajustar y para entender que en política, tan importante como saber, es saber decir. Y que cuando eso falla, incluso el mejor de los diagnósticos pierde su valor.

 
 
 

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