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La política es un circo. El extraño caso de Melón y Melame



Kast pone la cara. Quiroz pone las palabras que nadie entiende.


Y Chile pone la billetera.


Chile tiene una tradición gloriosa en el humor de

dúo: uno habla y el otro no se entiende, pero igual provoca carcajadas. Gigi Martin y Mauricio Flores lo hicieron en la Quinta Vergara. Kast y Quiroz lo están haciendo en La Moneda. La diferencia es que en Viña nadie tenía que pagar pensiones al final de la rutina.


Seamos honestos: Chile nunca ha sido tan bueno en nada como en el humor de dúo. Tenemos una tradición centenaria de poner a dos personas en escena donde una dice algo perfectamente absurdo y la otra lo valida con cara seria, y el país entero se parte de risa. Melón y Melame lo elevaron a arte nacional. Gigi Martin con su cara de ventrílocuo impasible, Mauricio Flores como el muñeco desbocado que decía lo que no se podía decir. Treinta años de carrera. Gaviota de oro. Récord de rating en Viña del Mar. Un legado. Lo que nadie esperaba es que su heredero espiritual más fiel no fuera a surgir del mundo del entretenimiento, sino del Ministerio de Hacienda.


Porque si usted observa la dupla Kast–Quiroz con ojos desapasionados, verá que el género es exactamente el mismo. Kast es Melón: el ventrílocuo. Cara seria, traje oscuro, la voz pausada de quien conduce. Quiroz es Melame: el muñeco. El que habla cuando le toca hablar. El que dice cosas que dejan a todos con la boca abierta. La diferencia —y aquí está el matiz artístico crucial— es que Melame al menos era gracioso a propósito.


Nadie tenía que recortar la PGU al final del show.

Todo comenzó, como los mejores números cómicos, con un documento. El llamado Oficio 16 —filtrado con la discreción de Melame contando el chiste de los parientes— proponía recortar un 15% a más de 260 programas sociales. Pensión Garantizada Universal. Gratuidad universitaria. Bono de Invierno. Programa de Alimentación Escolar. En el mundo del muñeco de Quiroz, esto no es un recorte: es una "descontinuación". Y "descontinuar", aclaró el ministro con una solemnidad que Gigi Martin le habría envidiado, no significa eliminar. Significa "llevar el programa a cero pesos". Que es, efectivamente, otra cosa. Cero pesos es cero pesos. Eliminar es eliminar. Técnicamente son palabras distintas. Que el resultado sea idéntico es, según Hacienda, un problema semántico del ciudadano que no entiende el lenguaje de los oficios internos.


Para seguir, hay que recortar el lenguaje que Quiroz ha impuesto en su gestión política/administrativa:


"Descontinuar": Llevar a cero pesos. No confundir con eliminar, que suena peor en Twitter.


"Reformular":Exactamente lo mismo que descontinuar, pero dicho después de que se enojó la gente. Versión mejorada del problema.


"Orientaciones": Instrucciones formales firmadas y distribuidas a todos los ministerios. Como las de Melón al muñeco: obligatorias, aunque no lo parezcan.


"Instrumento de trabajo interno":Documento que propone recortar las pensiones de los más pobres. El "interno" lo hace inocente, como un chat de grupo familiar.


"Eficiencia del gasto": Recortar. Pero con PowerPoint y lenguaje técnico que no está diseñado para el público general.


"No se tocará ningún beneficio":Frase pronunciada mientras el decreto que toca los beneficios ya circulaba por los ministerios. Melame clásico: la mano derecha no sabe lo que dice la boca.


"Somos un equipo de trabajo": Declaración presidencial emitida después de que un ministro le dijo públicamente al otro que no era su jefe. El Titanic también era un equipo de trabajo.


Pero la cumbre artística llegó cuando el ministro de Vivienda, Iván Poduje, decidió protagonizar el momento más memorablemente chileno del año: salir a la radio a decir que "tengo un solo jefe, se llama José Antonio Kast" —situando a Quiroz en la categoría de "un ministro más entre muchos"— y luego subir un video a sus redes sociales firmando alegremente la continuidad de Pavimentos Participativos, un programa que estaba exactamente en la lista de Hacienda para ser "descontinuado". Era la versión ministerial de cuando el muñeco empieza a hablar solo. Melame se rebeló.


El ventrílocuo Kast tuvo que salir a decir que "somos un equipo" con esa cara de quien encontró a sus hijos pintando las murallas.


El diputado socialista Marcos Ilabaca, con la paciencia ya molida en polvo fino, lo diagnosticó sin anestesia: "Lo de Quiroz ya resulta patológico. Usted está a cargo de las finanzas públicas y tiene que entregar certidumbre al país y a los mercados." Patológico es, clínicamente, una apreciación subjetiva. Pero cuando el ministro de Hacienda necesita más aclaraciones que el contrato de un celular prepago para explicar un solo oficio de dos páginas, algo en el libreto del dúo no está funcionando. Melame, en la Quinta Vergara, era enredado pero coherente. Aquí el muñeco tiene tres versiones distintas de la misma frase y ninguna coincide con el decreto que ya estaba firmado.


Mientras tanto, en el mundo real —ese espacio que los oficios internos no están diseñados para habitar— hay adultos mayores que dependen de la PGU para comer, estudiantes que dependen de la gratuidad para estar en la universidad, y niños que dependen del Programa de Alimentación Escolar para almorzar. No son una abstracción presupuestaria. No son una ineficiencia del gasto. Son personas. Y cuando Quiroz explica que "descontinuar" no es "eliminar", y que el oficio no estaba "diseñado para el público general", lo que está diciendo, sin querer, es que el público general no era parte del cálculo. Que la rutina se ensayó en otra sala, con otra audiencia, y que el enredo y el jerigonza fueron el telón que nadie esperaba que se corriera.


Mauricio Flores y Gigi Martin llevan treinta años haciéndonos reír. Se pelearon, se reconciliaron, volvieron al escenario. Hay algo genuinamente entrañable en su historia. Kast y Quiroz llevan 1 mes y medio en el gobierno y ya tienen un récord de aclaraciones, un ministro disidente, un oficio filtrado, y un país preguntando en qué idioma habla el encargado de las finanzas públicas. La diferencia fundamental entre ambas duplas es simple: Melón y Melame siempre tuvieron claro quién era el muñeco. En La Moneda, eso todavía está por verse.

 
 
 

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