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Cultiva discursos, poda funcionarios

Crónica de un hallazgo medicinal, escasez hídrica, gestión municipal y un regaño telefónico que escuchó todo el país.



I. De cómo un pozo de agua se convirtió en un problema de otra naturaleza


En La Cruz, V Región, donde buscar agua es un acto casi bíblico: se manda a un funcionario a caminar el cerro, se le presta un dron para que no se rompa las piernas en la pendiente, y se espera que vuelva con coordenadas, no con sorpresas. Pero la vida —o más bien el algoritmo del dron— tiene un sentido del humor que ningún manual municipal contempla, y en vez de una napa subterránea el funcionario encontró un cultivo que, por lo visto, también sabe aprovechar bien el agua de la zona.


El hombre hizo lo que hace cualquier persona que toma en serio su trabajo: sacó fotos, las mandó por el conducto regular —a su jefatura, y a nadie más, como quien reporta un hallazgo arqueológico— y esperó instrucciones. Lo que recibió, en cambio, fue una llamada. Y en esa llamada no hubo agradecimiento por el celo funcionario, ni una palmada simbólica en la espalda por hacer bien la pega. Hubo, según quedó registrado, una interrogación sobre por qué no contestaba el teléfono, un cuestionamiento sobre quién lo autorizó a usar el dron, y una serie de indicaciones sobre cómo, exactamente, no había que meterse en ese asunto.


Nota inicial del medio LETRA C del 3 de Agosto.


Escucha de AUDIO FILTRADO.


II. El curioso concepto de "mi rol"


En algún momento de esa conversación, la máxima autoridad de la comuna dejó caer una frase que, si algún día se hace un manual de autorretratos involuntarios, merecería capítulo aparte: que su rol no era perseguir la delincuencia. Una definición de funciones ciertamente original para quien preside el municipio y, en teoría, administra también el deber legal de denunciar aquello que un funcionario suyo —cumpliendo su trabajo, con dron y todo— tuvo la mala suerte de encontrarse de frente.


Uno esperaría que, ante el hallazgo de un cultivo de cannabis en un procedimiento oficial, la respuesta natural de cualquier jefatura fuera proteger al funcionario que hizo bien su trabajo, no interrogarlo como si el problema fuera él por haber mirado hacia donde no debía. Pero aquí el orden de prioridades pareció invertirse con una elegancia asombrosa: primero la incomodidad política del hallazgo, después —muy después, si es que en algún momento— el funcionario que se topó con él por simplemente hacer lo que le pidieron.


III. Los trabajadores, ese concepto tan querido en el discurso


Y aquí es donde la historia deja de ser solo una anécdota de pueblo chico y empieza a ser un poco más incómoda. Porque quien protagoniza este capítulo no es cualquier autoridad: es una que milita, con acta y carné, en un proyecto político que se define, ante todo, como defensor histórico de la clase trabajadora. Es de esas figuras que en cada discurso, en cada punto de prensa, en cada acto de campaña, invoca sin pudor la palabra "compañero", reivindica la dignidad del trabajo y promete que jamás, bajo ningún concepto, va a dejar solo a quien cumple su función con lealtad.


El problema es que el trabajador de esta historia no es un concepto abstracto que cabe bien en un discurso de Primero de Mayo. Es un funcionario de carne y hueso, con nombre, con un contrato, con un dron prestado por la municipalidad y con la mala fortuna de haber hecho exactamente lo que le pidieron: buscar agua. Y cuando ese trabajador concreto —no el trabajador de la retórica, sino el de la vida real— se topó con un problema que no pidió tener, la respuesta que recibió de su jefatura no fue la solidaridad de clase que tanto se predica en el atril, sino un interrogatorio sobre protocolos, autorizaciones y conveniencias políticas.


Se diría que hay dos tipos de trabajadores en el imaginario de ciertas autoridades: el trabajador-símbolo, ese que aparece en los discursos y en las fotos con el puño en alto, y el trabajador-funcionario, ese que cuando efectivamente encuentra un problema en terreno, en vez de recibir respaldo, recibe un regaño por teléfono. El primero se defiende en los actos. Al segundo, aparentemente, hay que explicarle por qué no debió contestar tan tarde.



IV. El pueblo se defiende con micrófono, no con teléfono


Aquí aparece la parte más reveladora de todo el asunto: el contraste entre lo que se dice cuando hay público y lo que se hace cuando no lo hay. En el atril, "el pueblo" y "los trabajadores" son casi sinónimos de la propia identidad política; ahí no falta la reivindicación, el puño, la promesa de estar siempre del lado de quien trabaja. Pero ese mismo pueblo, cuando deja de ser una idea y se convierte en un funcionario concreto llamando por teléfono para avisar que encontró algo que no debía encontrar, deja de recibir discursos y empieza a recibir reproches.


Es una coherencia de doble estándar bastante conocida en la política criolla: se defiende al trabajador cuando hay cámaras, se le interroga cuando solo hay un teléfono de por medio. Nadie estaba grabando esa llamada para la prensa —de hecho, se supo por una filtración, no porque la propia autoridad decidiera transparentar cómo trata a quienes trabajan para ella. Y ahí, sin público, sin bandera, sin el aplauso de la militancia, el trato hacia el funcionario que cumplió con avisar lo que encontró fue de sospecha, no de respaldo.


Ese es, quizás, el chiste más triste de esta historia: que la defensa del pueblo dura exactamente lo que dura la cámara encendida. Apenas se apaga, el pueblo vuelve a ser, otra vez, solamente un empleado municipal al que hay que explicarle por qué no debe ser "sapo".


Y como en todo buen relato de pueblo chico, la traición no vino de afuera. No fue la prensa la que puso un micrófono escondido, ni la oposición la que tendió una emboscada: el golpe salió de las propias entrañas del municipio, de alguien con acceso directo a esa conversación que decidió, en algún momento, que el país entero merecía escucharla. Un caballo de Troya doméstico, hecho no de madera sino de un teléfono con memoria, que entró por la puerta de servicio y salió convertido en escándalo nacional. La autoridad que tanto hablaba de "cuidarse" de la comunidad, resultó que tenía que cuidarse, sobre todo, puertas adentro.




V. La Contraloría, ese aguafiestas institucional


Como suele pasar en estas historias, alguien terminó por filtrar el audio, y la Contraloría —que no entiende de lealtades partidarias ni de discursos de campaña— pidió explicaciones en un plazo de cinco días hábiles sobre si correspondía o no hacer la denuncia penal correspondiente. Una pregunta más bien incómoda para quien, según la ley, tiene precisamente el deber funcionario de denunciar hechos que puedan revestir carácter de delito, y que en la práctica pareció más preocupada de la gestión comunicacional del hallazgo que de cumplir con ese deber.


Concejales de la propia comuna también empezaron a pedir explicaciones formales sobre la situación contractual del funcionario y sobre los protocolos aplicados en el procedimiento. Es decir: hasta dentro de su propio municipio, alguien notó que algo no calzaba entre el discurso de puertas afuera y el trato de puertas adentro.



VI. Epílogo: sobre discursos y macetas


Al final, esta historia no habla tanto de marihuana como de otra cosa que también, a veces, se cultiva con cierto descuido: la coherencia. Es fácil declararse defensor de los trabajadores en un escenario, con micrófono y bandera. Es harto más difícil demostrarlo cuando un trabajador de verdad, en un día cualquiera, sin cámaras ni discursos, simplemente hace su trabajo y necesita que su jefatura lo respalde en lugar de interrogarlo.


Como toda planta, el discurso también necesita agua para no marchitarse, inculcarlo con respeto y cariño día a día, ya van de retirada las patronas de fundo en el valle del Aconcagua. Lo curioso es que, en esta historia, el agua nunca se encontró — pero el problema de la coherencia, ese sí, quedó completamente al descubierto en este grato ambiente laboral.


Pero a no mirar la paja en el ojo ajeno, ya que ¿Qué hicieron esos mismos que hoy rasgan vestiduras cuando estuvieron en el poder? No hay que normalizar o bajarle el perfil, pero ¿las palabrotas de grueso calibre también son heredadas de la administración anterior?

Este tema da para esto y mucho más.

 
 
 

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