Manual del mago ... ¿Políticos sin oficio?
El mago no elige bando político, elige conveniencia
Capítulo I — La familia no elige bando
Empecemos por desmontar un prejuicio: en Chile se suele pensar que la política se organiza en izquierda, centro y derecha. Es una lectura incompleta. Existe una cuarta categoría, más antigua que cualquiera de los tres bloques y bastante más estable que todos ellos juntos: el mago. No milita en el sentido estricto —milita en el sentido práctico, que es distinto—, y se le encuentra con idéntica comodidad en el comité central de un partido histórico, en la directiva regional de un movimiento que se fundó hace dos años y ya tiene diputado, en el sindicato, en el gremio empresarial y en esa ONG que nadie sabe muy bien a quién le rinde cuentas.
El disfraz cambia con el clima electoral —poncho en octubre, corbata en marzo, chaleco reflectante cuando hay que aparecer "en terreno"— pero el número es siempre idéntico: fracasar, desaparecer un segundo detrás de la cortina, reaparecer cobrando. Es, probablemente, el único oficio genuinamente transversal que ha producido la política nacional, más transversal que la unidad de la oposición y más transversal que la unidad del oficialismo, que ya es decir bastante.
Capítulo II — Primer acto: la derrota que en Chile nunca es derrota
Aquí conviene un poco de historia institucional. El sistema binominal, que gobernó Chile por veinticinco años, tuvo la gentileza de enseñarle a toda una generación de operadores que perder una elección no significaba perder el cargo: bastaba con ser "el mejor perdedor" del sector para entrar igual. El sistema cambió, pero la cultura política que formó no se reforma por ley. Sigue viva, mutada, adaptada al nuevo tablero proporcional, y el mago es su heredero más disciplinado.
En la izquierda, el mago pierde una primaria y convoca un punto de prensa para explicar que "el proceso fortaleció al movimiento" y que "la militancia habló con claridad", frase que no significa nada pero que se pronuncia con la solemnidad de un discurso de Estado. En la derecha pierde una interna y agradece "la generosidad del sector", eufemismo que en cristiano quiere decir que alguien más viejo y más conectado le pidió que se bajara. En el centro, ese territorio pantanoso donde nadie pierde con estridencia porque nadie gana con estridencia, simplemente no dice nada: cambia de comisión, cambia de vocería, cambia de nombre en la papeleta del próximo ciclo, y espera.
Lo relevante, lo verdaderamente digno de estudio politológico, es que en los tres casos el resultado administrativo es exactamente el mismo: a nadie lo despide la derrota. Se le cambia de mueble. El que perdió la alcaldía aparece de seremi. El que perdió el Senado aparece de embajador en un país que no conoce. El que perdió el concejo aparece, sin que nadie recuerde bien el nombramiento, con un contrato a honorarios en el mismo edificio donde antes hacía campaña puerta a puerta prometiendo "más transparencia municipal".
Capítulo III — Segundo acto: el escándalo que rebota, marca registrada nacional
Todo mago que se precie necesita, en algún punto de su carrera, sobrevivir a un episodio que a cualquier ciudadano común lo hundiría sin apelación: una acusación sin pruebas concluyentes, un audio filtrado en el momento menos oportuno, una platita de asignación parlamentaria mal justificada, una reunión de la que nadie tiene registro pero de la que todos tienen versión. El color político del escándalo es, otra vez, irrelevante: la mecánica de supervivencia es idéntica de un extremo al otro del hemiciclo, y Chile lleva tres décadas perfeccionándola en tiempo real, comisión investigadora tras comisión investigadora, la mayoría de las cuales termina en un informe que nadie lee y una foto de despedida cordial.
El protocolo es siempre el mismo: se niega con solemnidad, se pide "no farandulizar la política" —como si la farándula fuera el problema y no el hecho denunciado—, se emite un comunicado que empieza con "Ante las informaciones aparecidas en algunos medios..." y se espera un par de semanas. El ciclo noticioso nacional, generoso, amnésico, corriendo siempre hacia el próximo incendio con la misma velocidad con que abandona el anterior, hace el resto del truco sin cobrar comisión.
El mago no necesita que lo absuelvan. Le basta con que se aburran de acusarlo. Y el país, hay que decirlo con la boca llena, tiene una capacidad de aburrimiento cívico verdaderamente envidiable.
Capítulo IV — Tercer acto: de sospechoso a informante, la joya de la corona
Y aquí llega el número más elegante del repertorio, el que separa al aficionado del profesional consagrado: el salto de sospechoso a hombre —o mujer— de entera confianza. Ocurre en todos los sectores por igual, con una simetría casi cómica. El dirigente cuestionado termina asesorando comunicacionalmente a quien lo cuestionó. El funcionario bajo sospecha termina siendo, meses después, el que avisa con nombre, hora y minuto exactos cuándo un escándalo ajeno está por estallar en la prensa regional. El operador denunciado en una comisión termina operando, ahora con contrato oficial y correo institucional, para la misma autoridad que en su minuto lo denunció públicamente.
No es traición ni es lealtad, categorías demasiado nobles para lo que en realidad ocurre: es la única ideología auténtica del mago, que se llama utilidad inmediata. No representa a nadie; presta un servicio. Y en un sistema político que valora la lealtad de trinchera muchísimo menos de lo que valora la información oportuna, ese servicio se paga mejor que cualquier programa de gobierno escrito por un centro de estudios.
Capítulo V — Epílogo, con aplauso transversal y responsabilidad compartida
Al mago no le pidan coherencia ideológica, porque hace tiempo dejó de venderla. Lo que vende es permanencia, ese activo que en la política chilena cotiza más alto que cualquier reforma estructural, cualquier programa refundacional, cualquier promesa de "nueva forma de hacer política" —frase, dicho sea de paso, que ya lleva usándose con la misma solemnidad desde el retorno a la democracia, sin que la vieja forma haya cedido un centímetro—.
Se le encuentra en cada municipalidad de comuna chica y en cada bancada de comuna grande, en cada comando de campaña presidencial y en cada asamblea territorial de barrio: alguien que perdió dos veces y sigue teniendo llave del edificio, alguien que fue sospechoso el martes y es asesor el viernes, alguien que en el fondo nunca hizo magia, porque nunca tuvo necesidad de aprenderla.
Se la hicimos nosotros. Con nuestra memoria corta, con nuestro aplauso fácil, con esa costumbre tan chilena de indignarnos ruidosamente un jueves y olvidar el nombre del indignado el lunes siguiente. Cada vez que preferimos la reaparición al reproche, le estamos regalando al mago el único ingrediente que de verdad necesita para el truco: nuestra distracción, puntual, generosa y renovable cada ciclo electoral.





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