Quiroz y la calle: una historia de amor no correspondido
Lo único que conoce Quiroz es el precio del petódeo
Hay que tener estómago para hacer lo que hizo este gobierno. Y hay que tener un nivel de desconexión casi artístico para hacerlo con la serenidad de quien cancela una suscripción de streaming.
Dejaron sin un peso a «Yo elijo mi PC», un programa de 17 años que solo este año le puso un notebook en las manos a más de 96 mil estudiantes. Y cuando le preguntaron al ministro Quiroz por el asunto, respondió que no recordaba este en particular, pero que de seguro tenía hallazgos.
Léanlo otra vez, porque cuesta creerlo. El ministro de Hacienda liquida una política de casi dos décadas sin acordarse de ella. No la estudió, no la visitó, no habló con un solo beneficiario. Le bastó la corazonada. Si un gerente despidiera a un empleado con el argumento «no sé quién es, pero seguro trabajaba mal», lo demandan. Si lo hace un ministro, se llama gestión.
Y así se explica la historia de amor: la calle lo espera, lo busca, le manda señales, y él ni se entera. Ella está ahí, con sus filas, sus apoderadas y sus cabros chicos con mochila. Él está en el piso quince, con su planilla, jurando fidelidad a un Excel que nunca le va a reclamar nada. Amor no correspondido, y bien merecido.
Aquí no hay evaluación técnica. Hay soberbia con cargo público: la arrogancia de quien decide sobre vidas que no conoce, desde un piso alto, con la calle a veinte pisos de distancia, donde no llegan ni el ruido ni las consecuencias.
Porque para el ministro un notebook es una glosa. Para una familia de verdad es el primer computador que entra a la casa. El que se comparte entre hermanos, el que la mamá cuida como si fuera de cristal, el que reemplaza el cíber, el celular prestado y la tarea hecha a las once de la noche. Eso es lo que acaban de tachar de una línea presupuestaria, sin la decencia mínima de saber qué estaban tachando.
Dirán que hay que ser responsables con el gasto. Qué conveniente que la responsabilidad siempre se descubra justo cuando hay que quitarle algo a quien no tiene cómo defenderse. Los niños de séptimo básico no hacen lobby, no tienen abogados, no salen en los matinales y no financian campañas. Son el recorte perfecto: cero costo político, o eso creen.
Y no es la primera vez. Ya intentaron achicar este mismo programa el año pasado y el Congreso tuvo que salir a reponer los fondos. El senador Walker ya adelantó que lo volverán a hacer. O sea que el Ejecutivo vuelve a intentarlo, a ver si esta vez se les pasa. Un gobierno que necesita que el Parlamento lo ataje cada año para no hacer una barbaridad no está administrando el Estado: está probando hasta dónde le dejan llegar.
Lo hacen, además, con el discurso de las «prioridades». Qué fascinante que las prioridades de este gobierno nunca coincidan con las de los hogares que dependen del Estado para no quedarse atrás. Fascinante y predecible.
Seamos claros: el programa se puede mejorar, fiscalizar y corregir, y quien diga lo contrario miente. Pero corregir es distinto de arrasar. Corregir lo hace quien quiere que la cosa funcione. Arrasar lo hace quien quiere el casillero en cero y la foto de austeridad.
Y mientras el ministro y compañía celebran el ahorro, habrá un niño de 12 años en una casa cualquiera que no recibirá nada. Nadie va a anotar su nombre en ningún informe, ni va a salir en ninguna cifra. Pero va a quedar un poco más atrás, un poco más lejos, y ese retraso sí tiene costo. Lo pagará él, y lo pagará el país.
Ministro, le queda una salida digna: salga de la oficina, vaya a un colegio municipal, mire a los ojos a un apoderado y dígale en su cara que su hijo no necesitaba ese computador. Atrévase. Si le sale sin que le tiemble la voz, entonces sí que la calle no lo quiere, y con razón.





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