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124 años de La Cruz: la comuna que dejó de ser "el tramo entre"

124 años de La Cruz: la comuna que dejó de ser "el tramo entre"

12 oct
4 min de lectura

La imagen del encabezado hace referencia a lo que actualmente podría ser La Poza Cristalina, eje de la Provincia de Quillota en la época de los 80-90'.


Hoy nuestra comuna cumple 124 años. Ciento veinticuatro años en que La Cruz dejó de ser un punto en el mapa para convertirse en una identidad. Y se nota: tenemos Floristas, Bomberos, la Estación, Palmilla y más México, el Puente Lo Rojas, Pocochay, el Callejón El Bolsón, la Poza Cristalina… y la lista sigue, porque cada rincón crucino tiene su historia y su dueño.


Para entender de dónde venimos hay que mirar los rieles. La historia de La Cruz está asociada al ferrocarril, y no es una frase de cortesía: nuestra estación nació en la línea de Valparaíso a Santiago, a seis kilómetros al norte de Quillota. Mientras Quillota ya llevaba siglos de historia, fundada como villa en 1717, nosotros crecimos al ritmo del tren, del camino y de la gente que se fue quedando. Hay pueblos que nacen de una plaza fundacional; el nuestro nació de una parada. Y de ahí salió bastante más que un andén.


Porque entre el tren y el río, entre las tierras de cultivo y los caminos, se fue armando una forma de vivir. La comuna se ha sustentado de la agricultura, con paltas y chirimoyas, y de la floricultura. De ahí vienen nuestros Floristas, y de ahí también esa costumbre tan crucina de trabajar la tierra, sacar adelante la cosecha y salir a vender. Pocochay, Lo Rojas y Palmilla no son solo nombres de sectores: son capítulos de esa historia rural que todavía convive con la comuna moderna.


Durante mucho tiempo se nos miró como la conexión entre Calera y Quillota, parte del llamado Gran Quillota. El lugar por donde se pasa, donde el tren paraba un ratito y la gente seguía su camino. Pero la historia, que es porfiada, tenía otros planes. La Cruz se cansó de ser paso y decidió ser destino. De ser "el tramo entre" a ser, con orgullo, el eje de la provincia.


Y ojo, que el secreto ya no es tan secreto. Basta mirar alrededor: donde antes había parcelas y paltos, hoy brotan condominios con nombres de lo más elegantes, de esos que suenan a bosque, a vista y a tranquilidad. Los condominios, hay que decirlo, no se plantan con semilla, pero se dan igual de bien. Y si tantos han decidido venir a vivir a La Cruz, algo estaremos haciendo bien. Que nos elijan como hogar es el mejor certificado de que esta comuna vale la pena.


Eso sí, en medio del entusiasmo inmobiliario, conviene recordar algo: los lugares históricos que nos quedan son pocos, y por lo mismo valen oro. La Estación, el Puente Lo Rojas, nuestro Museo Histórico y los rincones donde todavía se respira la comuna de antes no son un estorbo para el progreso, son nuestra mejor carta de presentación.


Y hablando de patrimonio, no podemos dejar fuera a la Poza Cristalina. Es tan querida y tan conocida que hasta los avisos de venta de parcelas la usan como punto de referencia: "frente a la poza cristalina, altura paradero 18". Hay que reconocerlo, pocas comunas pueden presumir que su geografía sentimental aparece hasta en el corretaje. La poza es de esos lugares que no necesitan un letrero grande ni una inauguración con cinta y tijeras: los crucinos sabemos dónde está, recordamos los veranos que pasamos cerca y se la mostramos con orgullo al que llega. Un condominio podrá tener quincho, piscina y portón eléctrico, pero ninguno tiene una poza con nombre propio y memoria colectiva. Eso es patrimonio, y no se compra: se cuida.


Una comuna moderna que cuida lo que tiene es mucho más atractiva que una que se parece a todas. Porque el mejor condominio del mundo no tiene un puente con historia, ni un callejón con nombre propio, ni una estación donde alguna vez paró el tren. Eso solo lo tenemos nosotros, y de nosotros depende ponerlo en valor y contárselo a los que recién llegan. Después de todo, ¿qué mejor bienvenida a los nuevos vecinos que enseñarles por qué elegir La Cruz fue una buena idea?


Y claro, hay quienes dicen que no hay comuna seria sin un hijo ilustre, y nosotros no nos quedamos atrás: tenemos a Di Mondo. Sí, así como lo lee. Otros municipios presumen próceres, científicos o poetas; nosotros presumimos a un personaje que, nos guste o no, puso a La Cruz en boca de todo Chile. Quizás no es el tipo de monumento que esperaba la historia, pero la historia, ya dijimos, es porfiada. Y si algo sabemos los crucinos es reírnos de lo nuestro sin dejar de quererlo.


Pero no todo es chiste. Hoy La Cruz tiene colegios donde se forman sus nuevas generaciones, Fonasa para atenderse sin salir de casa, cajeros para no andar peregrinando por plata, y un comercio que late fuerte: el grande y masivo, pero también el emprendimiento de barrio, ese que abre temprano, fía "hasta el viernes" y conoce a sus clientes por nombre y apellido. Esa comuna que antes miraba pasar los trenes hoy tiene vida propia, y de la buena.


124 años después, la comuna no es perfecta, pero es nuestra. Y tiene lo más importante: gente que la vive, la camina, la defiende y la hace crecer, ya sea que lleve generaciones o que haya llegado el año pasado a un condominio con nombre de bosque.


A quienes se sienten crucinos: feliz día. A quienes nacieron aquí, a quienes llegaron de pasada y se quedaron, y a quienes han hecho de esta comuna su hogar: este cumpleaños también es de ustedes.


¡Feliz cumpleaños, La Cruz! Que sean muchos más… que sigan llegando vecinos, que sigamos cuidando lo que nos hace únicos, y que el tren, esta vez, pare por un buen motivo.




 
 
 

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