No me ayude tanto po' compadre - La Caja Vecina siempre ayuda (?)

Hay momentos en la política local en que uno descubre que la vara para elegir autoridades no necesariamente pasa por la capacidad de argumentar, fiscalizar o comprender la gravedad de un asunto. A veces basta con tener una opinión. Y, si la opinión viene acompañada de suficiente seguridad, parece que estamos frente a un estadista.
Capítulo I: Eran 3 matitas nomas
La discusión sobre las plantas de marihuana encontradas en La Cruz debería ser bastante sencilla: alguien encontró un cultivo, existe un procedimiento que debe cumplirse y corresponde determinar qué ocurrió, quién debía informar, quién debía denunciar y si alguien omitió alguna obligación.
Pero siempre hay chicas con el tablet, chicas con el tablet son aquellas personas que en la anterior administración seguían en todo a la alcaldesa Maite Larrondo, pero ahora mutó a tener saldo en la Caja Vecina.
Porque, claro, "si mucha gente consume marihuana, ¿cuál sería el problema?"
Con esa lógica podríamos relativizar prácticamente cualquier asunto público. Mucha gente se estaciona mal, mucha gente cruza con luz roja y mucha gente no paga el permiso de circulación. El hecho de que una conducta sea frecuente no la convierte mágicamente en irrelevante, ni mucho menos elimina las responsabilidades que correspondan cuando ocurre dentro de una situación que involucra a funcionarios municipales.
Pero hay algo todavía más fascinante: la capacidad de convertir una discusión institucional en una conversación de sobremesa.
No estamos hablando de si alguien conoce a un amigo que fuma marihuana, si alguna vez vio una planta o si "todos saben" que esas cosas ocurren.
Estamos hablando de cómo funciona una institución pública cuando uno de sus funcionarios detecta algo potencialmente ilícito.
Y ahí aparece Hernán Anguita, concejal de La Cruz, militante socialista y, según dicen en su comuna, conocido cariñosamente como "El Palomo". Un apodo que, dadas las circunstancias, resulta casi profético: pocas aves son tan célebres por su capacidad de volver siempre al mismo palomar, sin importar cuántas veces se le pida que abra las alas y fiscalice.
Porque Anguita llega armado con una herramienta política extraordinaria: la capacidad de hablar mucho tal como fue captado por el medio La Cruz Comunitaria; donde según las palabras del concejal: "¿Cuantos diputados, senadores fuman marihuana?", bajándole el perfil a la situación del hallazgo de las 3 plantas de marihuana, sabiendo todos los esfuerzos que se han hecho en la comuna respecto a las drogas y a la delincuencia.
Minuto 16, entrevista a nuestro honorable.
Una cualidad particularmente llamativa considerando que estamos ante quien alguna vez obtuvo la primera mayoría para llegar al Concejo Municipal.
Uno esperaría, por lo menos, cierta precisión.
Un poco de contexto.
Algún argumento.
Quizás incluso una frase que pudiera sobrevivir cinco minutos de análisis.
Pero no.
A veces pareciera que el estándar intelectual de ciertos razonamientos municipales fuera algo parecido a:
"Yo voté por el Palomito porque tiene saldo en la Caja Vecina".
Y en este caso el chiste se arma solo, porque aquí el Palomito no es un vecino cualquiera: es un colega de bancada. El concejal PS votando por la alcaldesa PS con el mismo entusiasmo analítico con que alguien elige al candidato que "tiene plata en la Caja Vecina": no porque convenza, sino porque conviene.
El problema es utilizar ese tipo de razonamiento como criterio político.
Porque gobernar una comuna no es elegir al vecino que tiene plata disponible en la Caja Vecina.
Ni defender una administración consiste en decir que "no es para tanto" porque existen consumidores de marihuana.
Una autoridad debería ser capaz de distinguir entre consumo, cultivo, procedimiento administrativo, eventual ilícito y responsabilidad funcionaria.
Son cosas distintas.
Capítulo II: El banderazo
Pero resulta que no estamos frente a un exabrupto aislado, ni frente a alguien que improvisó una opinión desafortunada en un pasillo. No. Estamos frente a algo mucho más noble: una convicción de largo aliento, forjada con los años, y que en pleno agosto de 2026 decidió manifestarse de la forma más elocuente posible que existe en la política vernácula chilena: el banderazo.
Porque cuando la Contraloría oficia, cuando la fiscalía abre investigaciones, cuando la prensa nacional pregunta y cuando el propio Concejo empieza a pedir antecedentes formales, hay dos caminos. Uno es el de la concejala que dice "voy a esperar la respuesta institucional antes de pronunciarme sobre el fondo". Aburrido, prolijo, casi burocrático.
El otro es tomar una bandera y salir a la calle a bajarle el perfil al asunto en vivo y en directo, mientras las cámaras registran el momento para la posteridad de las redes sociales. Muchos quienes criticaron la anterior administración, defendían con vehemencia más no con argumentación, lo que se buscaba en dicha manifestación. Unos acusaron violencia de género y otros más, estuvieron ahí para defender los $800.000 líquidos que no ganarían en el sector privado.
No hace falta preguntarse "¿qué pasó exactamente con el hallazgo, el protocolo y la denuncia?" cuando uno puede simplemente decidir que el problema es otro: que exageraron, que esto se sobredimensionó, que en el fondo aquí no hay nada que ver.
Es una postura interesante para alguien cuya función legal, según la propia página del municipio, es normativa, resolutiva y fiscalizadora.
Palomas hay muchas en la plaza; fiscalizadores con picotazo, evidentemente, muchos menos.
Capítulo III: La lealtad tiene memoria (y plumas)
Ahora bien, sería injusto —y hasta perezoso— tratar este respaldo como un capricho del momento. La verdad es que Anguita lleva años entrenando este músculo.
Estuvo ahí cuando se celebraban los millones para pavimentar calles, asintiendo con entusiasmo que "lo ha dicho la alcaldesa, lo han dicho todos los concejales, estamos felices". Estuvo ahí gestionando un SAPU. Estuvo ahí en la comisión que eligió al director del consultorio. Presidió, incluso, la Comisión de Salud del propio Concejo que él mismo integra, lo que en teoría lo convierte en fiscalizador de la misma administración a la que fiscaliza con el entusiasmo de quien revisa su propia tarea.
Y estuvo ahí, sobre todo, en 2022, cuando una modificación presupuestaria de más de 373 millones de pesos —destinada a personal a contrata, honorarios y suplencias— terminó empatada 3 a 3 y tuvo que resolverse con el voto dirimente de la propia alcaldesa. ¿Adivinen quién estaba en el bloque de los tres votos a favor? Efectivamente. El Palomo, fiel a su nido, desde el primer día.
De modo que lo de agosto de 2026 no es una desviación de guión. Es, simplemente, la temporada más mediática de una serie que lleva años al aire, con el mismo protagonista y el mismo libreto: donde otros ven una alerta, él ve una oportunidad de reafirmar lealtad.
Capítulo IV: El viaje a México
Pero si hay un capítulo que resume con precisión de reloj suizo el nivel de convicción alcanzado, es la votación por el viaje a Guadalajara.
En plena polémica —con oficio de Contraloría pendiente, con la comuna en boca de la prensa nacional por un audio filtrado y con la propia alcaldesa bajo cuestionamiento por su trato hacia un funcionario— el Concejo tuvo que decidir si la autorizaba a viajar a México a un evento sobre hábitat urbano.
Cuatro concejales dijeron que no, con el argumento —bastante razonable, dicho sea de paso— de que lo último que necesitaba la comuna en ese momento era a su alcaldesa fuera del país mientras debía responder por escrito a la Contraloría.
Dos dijeron que sí. Y da la casualidad de que esos dos son, precisamente, los dos ediles del mismo partido que la alcaldesa. Uno de ellos, previsiblemente, nuestro Palomo, para quien la sola idea de que su alcaldesa se subiera a un avión mientras la comuna ardía en titulares no representó ningún problema evidente. Al fin y al cabo, las palomas mensajeras vuelan largas distancias sin hacer demasiadas preguntas sobre el destino.
Una coincidencia extraordinaria, sin duda, que el criterio de "es momento de estar aquí, no de subirse a un avión" solo lo comparta la mitad del Concejo que no milita con ella.
Capítulo V: El desplazamiento del foco
Y aquí es donde la teoría de la Caja Vecina alcanza su forma más pura. Porque el ejercicio retórico no consiste en negar que había plantas de marihuana —eso sería insostenible—, sino en desplazar cuidadosamente el problema.
La estrategia de la propia alcaldesa ya lo había planteado: el problema no es la conversación filtrada, ni el tono con que se increpó a un funcionario, ni la instrucción de no denunciar. El problema, según esta versión, es que alguien grabó sin autorización y que el funcionario debió haber denunciado por su cuenta, sin preguntarle nada a nadie.
Es un movimiento elegante: convertir a quien encontró algo irregular en el responsable de que ese hallazgo se haya sabido. Y Anguita, fiel a su rol de escolta político, ha preferido sumarse a esa lectura antes que preguntar, por ejemplo, qué corresponde hacer institucionalmente cuando un funcionario detecta un posible ilícito y su jefatura le dice, en la práctica, que se olvide del asunto.
No hace falta ser un ave de rapiña para fiscalizar. Basta con no cerrar los ojos cuando el nido propio está en la mira.
Epílogo: la pregunta que el Palomo no se hace
Lo curioso es que minimizar un problema no lo hace desaparecer. Y defender políticamente a una autoridad tampoco reemplaza la obligación institucional de esclarecer los hechos.
Un concejal puede apoyar a la alcaldesa. Puede compartir su partido, su proyecto político y hasta su visión de ciudad. Perfectamente legítimo.
Lo que resulta bastante menos convincente es que, cuando aparece una controversia que exige seriedad —Contraloría investigando, fiscalía con dos causas abiertas, un funcionario cuya situación contractual ahora se revisa—, el argumento termine pareciendo una conversación de sobremesa. O un banderazo.
Porque una cosa es tener opinión. Otra muy distinta es tener argumentos. Y otra completamente diferente es ejercer la función fiscalizadora que la propia ley le encomienda al cargo, incluso —sobre todo— cuando la persona fiscalizada es la misma con la que uno comparte carné de partido.
Ahí está, probablemente, la pregunta incómoda que nadie quiso hacerse en el banderazo: ¿hasta dónde está dispuesto a fiscalizar quien debe fiscalizar a los suyos, cuando su hábitat natural es, precisamente, el palomar de la propia alcaldesa?
Sobre todo cuando uno llegó al Concejo con la primera mayoría.
Ahí, al menos, uno esperaría que la primera mayoría viniera acompañada de una primera categoría de argumentos.
Aunque, pensándolo bien, quizás para el Palomo basta con tener saldo en la Caja Vecina.





Comentarios