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La Señora de las Cuotas:Pública y Privada

Camila Flores llevó la eficiencia del sector privado al Congreso: cobró mensualmente, fichó asesor y gestionó su vida sentimental con la misma transparencia que sus asignaciones parlamentarias.



Había una vez una diputada de Renovación Nacional que, durante ocho años de vida parlamentaria, dedicó su energía a combatir la corrupción del Frente Amplio con una indignación que hacía temblar las cámaras de televisión. El caso Convenios la tuvo en primera fila, con el dedo acusador bien alto y el discurso impecablemente cargado de superioridad moral. Era su momento. La guardiana de los dineros públicos. La centinela de la probidad. Le gritó a una señora: «orca zurda» , en las fondas del 18 y que le explicó a la ONU que era un «brazo armado de la izquierda». Una estadista, pues.


Resulta que todo ese tiempo, con cada discurso sobre la honestidad en el ejercicio público, la entonces diputada Flores tenía en marcha un mecanismo doméstico de redistribución de ingresos que los fiscales de Valparaíso han bautizado con un nombre memorable: la Cuota Flores.


El sistema era sencillo, casi elegante: se contrataba a asesores con dineros del erario, y luego esos asesores entregaban de vuelta, en efectivo, una fracción significativa de su sueldo. Un trabajador con $2,6 millones al mes, por ejemplo, tenía la gentileza mensual de traspasar cerca de $1,8 millones. Siete años. Aproximadamente $300 millones. La secretaria Yolanda Olfos coordinaba la logística, como un departamento de cobranza pero sin boleta.


Es difícil no admirar la consistencia del modelo: mientras acusaba a otros de manosear el presupuesto público, Flores lo hacía con mucho mayor silencio y durante mucho más tiempo. Una eficiencia que el sector privado envidiaría.


Es difícil no admirar la consistencia del modelo: mientras acusaba a otros de manosear el presupuesto público, Flores lo hacía con mucho mayor silencio y durante mucho más tiempo. Una eficiencia que el sector privado envidiaría.


Sobre el asunto conyugal, poco hay que agregar que los documentos judiciales no digan mejor. Percy Marín, exconsejero regional y padre de la hija menor de Flores, sostiene en su demanda por divorcio culposo que la relación naufragó en diciembre de 2025, es decir, exactamente cuando ella cosechó el cargo de senadora y él no cosechó ninguno. Según el escrito judicial, el 1 de enero de 2026 —Año Nuevo, nuevas constataciones— Marín verificó a través del sistema de seguridad doméstico lo que prefería no ver: la presencia de Mauricio Esteban González Tobar, quien días después pasaría a ser oficialmente jefe de gabinete de la senadora.


Hay que reconocer que la integración entre vida personal y agenda laboral tiene su mérito organizacional. Mientras otros políticos mantienen engorrosas separaciones entre lo íntimo y lo profesional, Flores simplificó el organigrama. El asesor es el asesor, en todos los sentidos del término. La eficiencia, de nuevo, es admirable.


Lo que más sorprende de este caso no es la hipocresía —ese es un insumo básico y renovable de la política chilena, disponible en todos los colores del espectro— sino la arquitectura. La Cuota Flores no fue un arranque ni un error puntual: fue un sistema. Siete años, con secretaria coordinadora, con montos fijos, con trabajadores que sabían y callaban porque la alternativa era peor. Un modelo replicable. Una metodología. Casi una tesis.


Y mientras ese sistema operaba en silencio, Flores construyó una marca política cimentada exactamente en su opuesto: la denuncia de los que hacen exactamente lo mismo. Fue la voz más alta del caso Convenios. Fue la parlamentaria que agitó el escándalo de las asignaciones irregulares como si conociera el tema desde adentro —lo cual, resulta, era literalmente cierto.


Hoy la senadora enfrenta simultáneamente una investigación por fraude al fisco, una demanda de divorcio culposo por infidelidad, y la investigación de la Corte de Apelaciones por la filtración de esa misma demanda. Ha pedido discreción judicial. Ha recordado que el juzgado decretó prohibición de divulgar antecedentes. Ha señalado que se debe «actuar con responsabilidad frente a la difusión de información privada».


Es, considerando su historial, el chiste que se cuenta solo.


La conclusión de todo esto es: ¿Qué dirá Percy de que sus átomos de hidrógeno no se unieron al oxígeno que representó en algún momento, Camila?. ¿O será que Camila encontró esos dos átomos de hidrógeno en Mauricio, para volver a florecer?

 


 
 
 

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