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Kast Kastálides: El Bardo de La Moneda


Oda al gobernante que prometió en verso y gobierna en prosa mediocre


Lo que usted ve en la imagen que acompaña esta columna no es un montaje caprichoso. Es, con toda precisión, el retrato oficial de la política migratoria del Gobierno de Chile: un hombre con corona de laureles, toga griega, lira en mano y un pergamino de mármol que resume con honestidad brutal dos meses de administración. "No sé si es metáfora o es una hipérbola", reza la piedra. Detrás, la Acrópolis. Porque si uno va a destruir la credibilidad de sus promesas de campaña, al menos que sea con clase y con columnas dóricas de fondo.

Bienvenidos al gobierno más literario de la historia republicana.


I. La Promesa


Permítame recordarle, estimado lector, lo que ocurrió durante la campaña presidencial más reciente. No hace tanto. Apenas unos meses. El entonces candidato José Antonio Kast, hombre de convicciones férreas, de certezas graníticas, de esas que no admiten matices ni subordinadas explicativas, le dijo a Chile con todas sus letras —y con cuenta regresiva digital incluida— que el primer día de su gobierno expulsaría a los más de 300 mil migrantes irregulares que habitaban el territorio nacional.


No dijo "vamos a trabajar en ello". No dijo "haremos los esfuerzos necesarios dentro del marco institucional". No dijo "avanzaremos gradualmente en la dirección correcta", que es la frase que usan los políticos cuando no tienen ninguna intención de hacer nada. Dijo: el primer día. Trescientos mil. Afuera.


Y para que no quedara ninguna duda de que hablaba en serio —de que aquello no era una alegoría ni una figura del habla ni un ejercicio de estilo poético—, desplegó un contador regresivo. Un reloj. Digital. Con números que bajaban. Como en los lanzamientos de cohetes de la NASA, pero para personas. El dispositivo contaba los días, las horas, los minutos que faltaban para que Chile amaneciera depurado, ordenado, libre del problema que, según Kast, era la causa principal de la inseguridad, el desempleo, la angustia ciudadana y probablemente también del mal tiempo en el norte.


Los aviones estaban listos en su imaginación. Los pasaportes, sellados. Los pasajes, pagados por los propios expulsados, porque el rigor también tiene su lógica económica. Perú, tan en serio tomó el asunto, que movilizó militares hacia la frontera. Perú. Un país entero reorganizó su defensa nacional tomando al pie de la letra lo que, resulta ahora, era una figura retórica.

Así de convincente era la poesía de Kast: tan buena que hacía mover ejércitos.


II. El Primer Día


El 11 de marzo llegó. Amaneció en Chile con la normalidad burocrática de siempre. Kast asumió, dio su discurso, cruzó La Alameda, entró a La Moneda. Los aviones no despegaron en formación. Los 300 mil no recibieron su ticket de salida. El contador llegó a cero y, en lugar de una expulsión masiva, el país obtuvo lo que siempre obtiene cuando un político llega al poder prometiendo lo imposible: silencio administrativo y cambio de tema.


Nadie en el Gobierno explicó nada ese día. Nadie dijo "oiga, sobre los 300 mil del primer día, resulta que hay algunos inconvenientes logísticos". No hubo conferencia de prensa, no hubo aclaración, no hubo siquiera el pudor de reconocer que la promesa había sido, en el lenguaje técnico de la gestión pública, un adorno.


Chile esperó. El norte esperó más que nadie, porque en el norte la promesa había resonado con una urgencia que en Santiago es difícil de dimensionar desde la comodidad de los análisis políticos. Esperaron los que votaron convencidos de que esta vez sí alguien hablaba en serio. Esperaron los que pusieron una papeleta en una urna creyendo que el reloj digital era un compromiso, no una instalación artística.


A 60 días de gobierno, el resultado: dos vuelos. Cuarenta personas por vuelo. Ochenta expulsiones en total, contadas y publicitadas como si fueran la toma de Normandía. De trescientas mil a ochenta. En términos matemáticos, eso es cumplir el 0,026% de la promesa. En términos literarios, es una metáfora. O una hipérbole. Dependiendo del día de la semana.


III. La Revelación


Fue en un foro de la Cámara Chilena de la Construcción —ese espacio de lo concreto, lo edificable, lo que tiene planos y presupuesto y metros cuadrados— donde el Presidente eligió revelar la naturaleza profunda de su promesa migratoria.


"Algunos dicen: 'Llevan 60 días y usted dijo que el primer día iba a expulsar a 300 mil migrantes'", comenzó, con la paciencia de quien va a explicarle algo evidente a una audiencia lerda. Y entonces llegó la frase que ya merece estar tallada en el frontis de La Moneda: "Es una metáfora. Si alguien cree que en un día uno va a expulsar a 300 mil, creo que entendió mal el mensaje."

Silencio.


Una metáfora. Con reloj digital. Con cuenta regresiva. Con debates presidenciales. Con panfletos impresos a color. Con Perú movilizando tropas.

Una metáfora.


Hay que detenerse aquí un momento, porque esto merece toda la atención que no le ha dado el debate público. Una metáfora es, según la Real Academia Española, una figura retórica de traslación de significado. "Sus ojos son dos luceros." "La vida es un camino." Eso es una metáfora. Lo que hizo Kast durante meses en horario estelar, con pantallas LED mostrando el conteo regresivo, eso es algo que en el lenguaje técnico de la retórica clásica se llama, más bien, mentira con producción audiovisual de primer nivel.


Pero seamos justos. El Presidente tiene formación. Y al día siguiente, desde Caldera, en medio de la promulgación de la ley de desalinización —que esperemos que no sea también una figura literaria, porque el norte tiene sed de verdad—, Kast corrigió su propia aclaración con una aclaración nueva.

"Quizás la palabra era hipérbole, no metáfora", señaló el Mandatario, con la serenidad de quien revisa las galeras de un ensayo académico antes de la imprenta.

Metáfora el miércoles. Hipérbole el jueves. La curva de aprendizaje retórico es notable. A este ritmo, el viernes llegaremos a la anáfora, el sábado a la apócope, y el domingo el Gobierno cumple dos meses con una sinécdoque como política de seguridad: hablar de los dos aviones que sí salieron como si fueran los trescientos mil que prometió.


IV. La Vocera y el Arte de Comunicar Sin Comunicar


Ante semejante crisis, Chile tenía derecho a esperar que la vocera de Gobierno saliera a ordenar el relato, a tender los puentes semánticos entre lo que el Presidente prometió y lo que el Presidente hizo, a ejercer ese oficio delicado que consiste en explicar sin mentir y calmar sin engañar.


Eso no ocurrió.

Lo que ocurrió fue Mara Sedini.


La ministra vocera, actriz, periodista, exrostro de Sin Filtros y —dato que la historia no debe olvidar— corista de Myriam Hernández, llegó al cargo en marzo con el entusiasmo de quien viene de animar los actos de campaña más exitosos del ciclo político. Y con razón: en campaña, Sedini brilló. Manejaba el escenario, conocía los tiempos, sabía cuándo levantar la voz y cuándo bajarla. Era, en ese contexto, perfecta.

El problema es que gobernar no es un acto de campaña. Y La Moneda no es el escenario del Metropolitan Santiago.


Como le advirtió el exministro Francisco Vidal apenas asumió el cargo: "No estás comunicando el Festival de Viña." Frase que, en su brevedad, encierra toda una filosofía de la comunicación política que la ministra llevaría meses en comprender, o en no comprender del todo.

El debut fue accidentado. Cuando la prensa le preguntó sobre la soberanía de Chile en el Estrecho de Magallanes —un tema que cualquier estudiante de cuarto medio podría abordar con el texto de Historia abierto—, Sedini no supo responder. Al día siguiente explicó que "no sabía de qué me estaban realmente preguntando". Era la vocera del Gobierno de Chile. Sobre la soberanía de Chile. En territorio chileno. Y no sabía de qué le preguntaban.


Hubo más. En otra vocería, al referirse a la agenda del Gobierno en materia de orden público, la ministra informó, con la convicción de quien ha preparado el punto de prensa, que su administración estaba "trabajando contra la seguridad". Así, literal. Contra la seguridad. El lapsus fue tan perfecto en su ironía que la oposición no necesitó agregar nada. La frase se bastaba sola.


Hubo un episodio en que, consultada sobre el precio del barril de petróleo, Sedini señaló que se transaba a dos euros. El precio real, en ese momento, superaba los cien dólares. La diferencia es, en términos técnicos, de alrededor de 5.000%. En términos literarios, eso también podría ser una hipérbole. Pero al revés.


Y está el episodio de las escaleras: ante una consulta incómoda de la prensa, la ministra vocera —la persona cuyo trabajo consiste en hablar con la prensa— optó por la solución más cinematográfica disponible: escapar corriendo escaleras arriba. Sin declaración. Sin "vuelvo en un momento". Sin nada. Solo el sonido de sus pasos alejándose como metáfora viva de la estrategia comunicacional del Gobierno.


Con esos antecedentes, la encuesta Cadem arrojó lo que cualquier observador honesto ya intuía: Mara Sedini es la ministra peor evaluada del gabinete, con un 59% de desaprobación. Un número que, en términos de comunicación política, se llama catástrofe. Y que el Gobierno prefiere llamar, presumiblemente, "proceso de ajuste".

Porque así lo definió el entorno de Kast al inicio: "Llevamos tres semanas de gobierno y un trabajo tan difícil como ser vocera requiere de un proceso de ajuste." Tres semanas se convirtieron en dos meses. El proceso de ajuste sigue en curso. El abismo comunicacional, también.


V. El Coro de la Tragedia


Desde la oposición, el senador Flores fue el primero en clavar el alfiler: "¿La cuenta regresiva fue puro show?" La senadora Cicardini formuló la pregunta que merece ser tallada en el mismo mármol de la foto que encabeza esta columna: "¿El 'yo te amo PGU' también era una metáfora? ¿Los recortes sociales que no se iban a hacer también eran una metáfora?"


La senadora Campillai fue más corta y más letal: "Mentir no es una metáfora, Presidente."


El diputado Winter, con la elegancia de quien sabe que el país es tierra de poetas, remató: "En las tierras de Neruda, Mistral, Huidobro y de Rokha, llamarle metáforas a las mentiras parece un exceso retórico."

Desde el propio oficialismo, la diputada Ximena Ossandón (RN) reconoció lo que todos ya sabían: que Kast "exacerbó un mensaje comunicacional" que "le dio mucho rédito" frente a candidaturas que advertían que era imposible cumplir. Y su consejo, una vez revelada la imposibilidad, fue digno de cualquier manual de gestión de crisis: "Lo dicho, dicho está. Es mejor aguantar el chaparrón y no dar más explicaciones."


Aguantar el chaparrón. Esa es la estrategia comunicacional del Gobierno de Chile en este momento. No Sedini. No Steinert. No la hipérbole ni la metáfora. Solo aguantar el chaparrón y esperar que la lluvia escampe.

Lo cual es, en rigor, también una figura retórica.


VI. El Arte de Gobernar Con Figuras Retóricas


Hay que reconocer que Kast no es el primero en descubrir que el lenguaje político admite una plasticidad que la realidad no siempre acompaña. Los políticos de todos los colores han prometido lo imposible desde que existe la democracia. La diferencia, en general, es que los otros intentan que la distancia entre la promesa y el resultado sea lo suficientemente grande como para que el ciudadano la olvide antes de la próxima elección.


Lo que Kast hizo fue diferente. Kast puso un reloj. Le dio hora exacta a su metáfora. La vistió de urgencia, de emergencia nacional, de ahora-o-nunca. Y cuando el reloj llegó a cero y no pasó nada, en lugar de guardar un silencio prudente, salió a explicar que nadie debió haberle creído.


El Partido Republicano, por su parte, salió a decir que era "de sentido común" entender que 300 mil expulsiones en un día eran imposibles. Lo cual lleva, inevitablemente, a la pregunta que ningún republicano ha sabido responder: si era de sentido común que era imposible, ¿por qué lo prometieron? ¿Y si lo sabían imposible, qué otras promesas del programa de gobierno pertenecen también a ese inventario de lo obvio, de lo que "cualquier persona de buen criterio" ya sabía que no iba a ocurrir?


¿El crecimiento del 5% también es una metáfora? ¿La reconstrucción del sur? ¿La baja de impuestos? ¿El plan de seguridad robusto que Steinert pensó que debía comunicar mediante acciones? ¿Preguntamos ahora, o esperamos el próximo foro de la Cámara de la Construcción?

Porque lo que este Gobierno ha construido en dos meses, con una vocera que trabaja "contra la seguridad", una ministra cuyo defecto es comunicacional y un presidente que descubrió la retórica clásica en el poder, no es exactamente lo que sus votantes pidieron.


Es algo más parecido a una obra de teatro.

O a un poema épico.

O a una metáfora.


Aunque quizás la palabra correcta sea hipérbole. Uno cuando está en una exposición pública puede ocupar un término que no es el más apropiado quizás, pero todos entienden

 
 
 

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