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La Cofradía de las Cuotas: cuando pagar en cuotas se volvió patrimonio nacional

Total con una torta que lleve al Centro de Madres me votan igual . Descripción gráfica y literal de los políticos que salen en la foto

Hay que reconocerlo con la mano en el corazón y el bolsillo en el otro: Chile es un país de una creatividad financiera admirable. Donde el ciudadano de a pie solo alcanza a imaginar cuotas para el refrigerador, el dentista o el crédito de consumo que nunca termina de pagar, nuestra clase política logró algo mucho más sofisticado: convertir el sueldo ajeno, la fundación propia y el efectivo bajo la mesa en un modelo de negocios con tres franquicias regionales y proyección de expansión internacional. Innovación pura, disruptiva, escalable. Deberíamos exportarlo a Davos con nombre en inglés: *Quota as a Service*.


Y lo mejor es que no fue un caso aislado, un mal ejemplo, una manzana podrida. Fue un modelo de negocio replicado con la prolijidad de una franquicia de comida rápida: mismo logo, distinto local, distinto gerente regional.


I. Cuota Flores, o la administración de fortunas ajenas con vocación social


La senadora Camila Flores, cuentan los fiscales con esa frialdad tan poco imaginativa que tienen los fiscales, habría diseñado un sistema para quedarse con cerca de $300 millones del sueldo de sus propios asesores. La mecánica es de una elegancia casi actuarial: a un trabajador que ganaba $2.640.939, se le pedía devolver $1.800.000, dejándole una suerte de sueldo ético, simbólico, casi voluntario. Cualquier consultora de Sanhattan le pagaría por ese powerpoint de "eficiencia en remuneraciones".


Lo más conmovedor es la trazabilidad administrativa del asunto: boletas, anexos de contrato, visaciones de la Cámara de Diputados, todo el aparataje burocrático desplegado con un rigor que ningún trámite en el Registro Civil ha conocido jamás. Cuando se trata de renovar la cédula de identidad, el Estado tarda semanas. Cuando se trata de cobrarle la cuota al asesor, todo funciona con la puntualidad de un tren suizo, o de un descuento por planilla bien calculado.


La senadora, fiel al manual de estas situaciones, salió a declarar que "no me voy a dejar amedrentar por intentos de afectar mi honra". La honra, esa reliquia que en Chile se invoca justo cuando empiezan a llegar los oficios de la Fiscalía.


II .La Cuota Calisto, o el emprendimiento familiar con vocación internacional


Si Flores se conformó con administrar sueldos, el senador Miguel Ángel Calisto pensó en grande, porque para eso están las fundaciones: para soñar en grande con plata de todos. La Fundación Proyecto Futuro —nombre que hoy suena a chiste bien escrito por un guionista con mala leche— operó primero en su oficina parlamentaria y después, en un giro de coherencia total, en la casa de la madre del senador. Teletrabajo institucional en su máxima expresión: la familia como directorio, el living como sala de sesiones.


El monto: más de $105 millones en asesorías que jamás existieron, cortesía de una asesora que —palabras de su propio marido ante el fiscal, no mías— "nunca realizó asesorías parlamentarias reales", cuyos informes de actividades "se llenaban con actividades tipo", es decir, se inventaban frases que calzaran con la agenda del jefe. Un nivel de creatividad literaria que ningún taller de escritura del Liceo le enseñaría a un estudiante, pero que en el Congreso se paga con boleta de honorarios.


Y como todo emprendimiento chileno que se respeta, había vocación exportadora: diez millones de la embajada de Israel para "conectividad digital" que terminó, según la declaración, en gastos personales; más de veinte mil dólares de Taiwán para calefactores que —dice el propio colaborador— "quedaron en la casa de Calisto, en la de su madre y otros nadie sabe para qué se usaron"; y un depósito desde una fundación de Miami "para ayuda social post pandemia" que, sorpresa, terminó en el mismo bolsillo. Cooperación internacional de cara a la embajada, clientelismo político de cara a la región: la verdadera integración latinoamericana, con calefactor de regalo.


Por si el cuadro necesitaba un remate de telenovela, apareció una arista de presunto soborno de $14 millones a un exfiscal para cerrar la causa. Porque cuando el fraude no alcanza, hay que invertir en el seguro de garantía extendida, y en Chile ese seguro también se paga en cuotas, aparentemente.


III. La Cuota Fuenzalida, o la fidelidad artesanal al billete físico


Cierra el podio el exdiputado Juan Manuel Fuenzalida, hombre de convicciones profundas y desconfianza bancaria admirable: no aceptaba transferencias. Según su exjefa de gabinete, exigía un "adicional al sueldo" mediante anexos visados por la propia Cámara, pagadero siempre —siempre, insiste el testimonio— en efectivo. Ni una transferencia rastreable, ni un comprobante indiscreto: pura economía de guante blanco practicada con billete contante y sonante, como esos abuelos que esconden la plata bajo el colchón, salvo que este colchón tenía membrete institucional y timbre de la República.


El clímax narrativo, sin embargo, llega con el allanamiento: ante el pánico de que la Fiscalía fuera tras él, habría ordenado deshacerse de los celulares de la oficina arrojándolos —cito el hallazgo periodístico, no lo estoy inventando porque la realidad ya viene con guion de comedia negra— al inodoro. Nada dice "modernización del Estado" como ver el patrimonio probatorio de la República bajarse por la cañería mientras afuera se vota la Ley de Presupuesto.


Un grupo de diez excolaboradores salió después a desmentirlo todo por escrito, con la solemnidad de un comunicado de directorio. La defensa por comunicado: otro clásico nacional, junto al empanada de pino y el algarrobo del living.


IV. El bono de fidelidad: la política como garante de sí misma


Lo verdaderamente exquisito de esta trilogía no es el fraude —eso, a estas alturas, es apenas el ticket de entrada— sino su capacidad de sobrevivir políticamente. Calisto sigue siendo pieza clave para los 26 votos del oficialismo en el Senado; Flores sigue votando proyectos de eficiencia ambiental el mismo día en que se filtra la denuncia en su contra. El sistema, con una lealtad casi conyugal, protege a los suyos: si te desaforan, el Ejecutivo pierde votos, así que mejor dilatemos, reabramos la investigación, pidamos plazos. La Justicia avanza a la velocidad que la aritmética legislativa le permite, no la que el Código Penal exigiría.


Es, en el fondo, un sistema de cuotas dentro de otro sistema de cuotas: la cuota del sueldo, la cuota de la fundación, la cuota en efectivo, y por encima de todas, la cuota de impunidad que el propio Congreso se autoasigna cada vez que un desafuero amenaza el quórum.


Epílogo: la cuota como identidad nacional


Flores cuoteaba sueldos con calculadora en mano. Calisto cuoteaba fundaciones con apoyo diplomático y vocación de ONG. Fuenzalida cuoteaba en efectivo, puerta a puerta, como pedido de delivery con propina incluida. Tres apellidos, tres fiscalías, una sola convicción profundamente compartida: que la plata pública es, en el fondo, una cuenta corriente familiar con directorio rotativo y sucursales regionales.


Y mientras tanto, como bien resume el meme que ilustra esta columna, la fórmula de campaña sigue intacta y funcionando: total, da lo mismo, si ponemos un par de tortas igual nos votan. Porque en Chile la única cuota que jamás se atrasa, la única que se paga religiosamente sin que nadie tenga que cobrarla en efectivo ni por transferencia, es la de la resignación ciudadana. Esa, a diferencia de las asesorías fantasmas, se rinde puntualmente cada cuatro años, en la urna.

 
 
 

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