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¿52 horas de trabajo semanal?, Retorno a la Edad Media

Hay que reconocerle una virtud a David Bravo: tiene el don de anunciar sacrificios ajenos con la serenidad de quien lee el clima. "Estamos en una emergencia y hay que actuar como tal", declaró el economista, presidente de la Mesa de Reactivación Laboral, en ese tono universal de los tecnócratas que nunca han fichado entrada en su vida. La emergencia, cabe aclarar, no es que trabajemos poco. La emergencia es que trabajemos "mal distribuido". Palabra mágica esa, "distribuir": suena a generosidad y termina significando que las cuarenta horas de siempre ahora pueden venir amontonadas en semanas de cincuenta y dos, como si el cansancio fuera un yogur que se puede promediar en la fecha de vencimiento.


La propuesta central —convocada por el Ministerio del Trabajo, bendecida por el ministro Tomás Rau, aplaudida por el empresariado con la efusividad de quien recibe un regalo que no le costó nada— consiste en estirar el período de cálculo de la jornada de cuatro semanas a quince, o de una vez por todas, a cincuenta y dos: un año completo. Genial. Así, en temporada alta, el trabajador podrá disfrutar de jornadas de hasta 52 horas semanales, y luego, como premio de consuelo, "compensarlas" en semanas más livianas, en una especie de cuenta corriente del agotamiento donde el banco siempre gana y el correntista siempre debe.

Bravo fue enfático en aclarar que el límite de 52 horas ya existía en la ley, que no es ninguna novedad, que todo esto es solo un ajuste técnico de contabilidad horaria. Uno agradece la precisión: no nos están pidiendo trabajar más, nos están pidiendo trabajar lo mismo pero mal repartido, que en el fondo es lo mismo que trabajar más.


El informe cita, como corresponde, a Alemania y Países Bajos, esos referentes que la tecnocracia chilena invoca cada vez que necesita legitimar algo incómodo, del mismo modo en que el vecino invoca al doctor para justificar por qué no fue a tu asado. Se omite, con elegancia digna de mejor causa, que en esos países la negociación colectiva es robusta, la fiscalización funciona y el trabajador tiene sindicatos con dientes, no con la dentadura postiza que exhibe el modelo chileno. Pero para qué mencionar esos detalles cuando basta con decir "así lo hace la OCDE" y la frase adquiere automáticamente el prestigio de una tablet de mandamientos.


No contenta con reordenar el calendario del cansancio, la Mesa —integrada por "economistas y exautoridades", es decir, el clásico consejo de sabios que jamás ha hecho una fila en la Inspección del Trabajo— también sugiere resucitar la "falta de adecuación del trabajador" como causal de despido, ampliar la interpretación de "necesidades de la empresa" y reemplazar gradualmente la indemnización por años de servicio por un esquema "a todo evento" financiado con el Seguro de Cesantía. Es decir: se flexibiliza el despido, se flexibiliza la jornada, se flexibiliza la indemnización. Lo único que no se flexibiliza, curiosamente, es el sueldo.


Bravo fue claro: no se les pidió diagnóstico, sino propuestas concretas. Uno podría preguntarse si acaso el diagnóstico —40 meses de desempleo sobre el 8%, 70 mil empleos formales perdidos desde 2022, un 22,8% de desempleo juvenil— no merecía al menos un párrafo de autocrítica sobre el modelo que produjo semejante cifra antes de recetar más flexibilidad al mismo paciente que la flexibilidad ya viene enfermando hace rato. Pero no, el mandato fue "actuar", y actuar, en el diccionario de estas mesas técnicas, significa casi siempre lo mismo: pedirle al trabajador que ponga el cuerpo mientras la reactivación económica hace su magia en algún punto indeterminado del futuro, ojalá antes de la próxima encuesta CEP.


Entre las veintidós medidas también se cuela, casi de puntillas, la propuesta de fortalecer la polifuncionalidad: que empleador y trabajador puedan pactar libremente múltiples funciones, sin la actual exigencia de que guarden relación entre sí. Es decir, el cajero podrá ser, el mismo día, cajero, reponedor, guardia y —por qué no— asesor estratégico de la sucursal, todo bajo el mismo sueldo y la misma jornada elástica. La Mesa lo llama "adaptación a los cambios tecnológicos". El resto del mundo lo conoce con un nombre más antiguo: hacer de más por lo mismo.

Se suma, además, la sugerencia de eliminar la licencia profesional obligatoria en la Ley de Empresas de Aplicación de Transportes, en nombre de destrabar el sector. Uno se pregunta cuántas otras "trabas" —eufemismo precioso para referirse a cualquier norma que proteja a alguien— serán descubiertas en el camino hacia la plena adaptabilidad.


Especial mención merece el mecanismo permanente para reducir temporalmente la jornada en épocas de crisis, financiado en parte con el Seguro de Cesantía. La lógica es impecable en el papel: la empresa reduce horas y sueldo, el trabajador recibe un complemento desde su propio seguro, y a cambio la empresa promete no despedir invocando necesidades de la empresa mientras dure el acuerdo. Es decir, el trabajador termina financiándose a sí mismo la crisis con el fondo que ahorró precisamente para cuando lo despidieran, mientras la empresa queda liberada de un costo que, en cualquier otro modelo, sería enteramente suyo.


El otro capítulo estelar del informe apunta a la Indemnización por Años de Servicio, vigente desde 1937, a la que la Mesa quiere reemplazar gradualmente por un modelo "a todo evento", financiado con una cotización adicional al Seguro de Cesantía y aplicado primero a los contratos nuevos. Se vende como modernización, como portabilidad, como incentivo a la movilidad laboral. Suena razonable hasta que se recuerda que "movilidad laboral", traducido al chileno de a pie, suele significar simplemente que cambiar de trabajo dejará de doler tanto al empleador y un poco más al trabajador, que verá diluida en cotizaciones mensuales una indemnización que antes, al menos, llegaba de una sola vez y dolía visiblemente en el bolsillo de quien despedía.


No conforme con tocar jornada e indemnización, el informe también recomienda ampliar la causal de "necesidades de la empresa" para incluir explícitamente bajas sostenidas en ventas o procesos de reorganización interna, y reincorporar la "falta de adecuación del trabajador" como motivo válido de despido. Traducción libre: si las ventas bajan, es culpa del mercado; si despiden, es culpa del trabajador que no supo "adecuarse" a un mercado que bajó. El círculo se cierra con una elegancia casi poética, donde cada eslabón de la cadena logra no ser responsable de nada.


La Mesa agrupó sus propuestas en cinco ejes con nombres impecables: empleo femenino y ciclo de cuidados, subsidios a jóvenes y formalidad, capacitación laboral, regulación laboral con impacto en el empleo, e información de mercado laboral. Cuatro de los cinco suenan a folleto de buenas intenciones. El tercero —regulación laboral— es donde realmente vive el informe, y es, no por casualidad, el que ha concentrado toda la polémica. Los otros cuatro ejes cumplen una función casi decorativa: son el envoltorio de regalo alrededor de la caja que en realidad contiene más horas, menos indemnización y despidos más fáciles de justificar.


Vale la pena detenerse en el detalle simbólico: la Mesa trabajó 49 días para producir este informe. Cuarenta y nueve días de reuniones técnicas para llegar a la conclusión de que, ante 40 meses de desempleo sobre el 8%, la solución pasa por permitirle a las empresas exprimir más horas en menos semanas. Casi dos meses de deliberación para reinventar, con lenguaje de paper de la OCDE, algo que cualquier capataz de fundo conoce desde el siglo pasado: en la pizca hay que apretar, y después ya se verá.


La CUT ya advirtió sobre la precarización. El empresariado ya celebró la adaptabilidad. Y en el medio, el trabajador de temporada —agrícola, turístico, exportador, esos sectores tan mencionados y tan poco preguntados— probablemente seguirá descubriendo, semana a semana, que la flexibilidad siempre se dobla hacia el mismo lado.


Y es que ahí está la belleza involuntaria del informe: nunca se propone flexibilizar la ganancia, ni promediarla a la baja en los meses malos para compensarla en los buenos. La flexibilidad, como el buen vino, se sirve siempre desde la misma botella y hacia el mismo lado de la mesa.


Como sea, hay que darle crédito a David Bravo: logró que la palabra "emergencia" sonara, por primera vez, como sinónimo de "turno doble sin bono de colación". Y logró, de paso, que veintidós medidas destinadas oficialmente a combatir el desempleo terminaran hablando, en su mayoría, de cómo hacer que trabajar sea más barato, más largo y más fácil de terminar. La reactivación, se ve, empieza siempre por el mismo lado de la balanza.

 
 
 

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