El profeta (?) Joaquin Lavin
- Moisés Felipe Jorquera Apablaza
- 20 jul
- 6 min de lectura
Joaquin Lavin, el eterno candidato, alcalde y emprendedor, que hace referencia al episodio clásico de "En su Propia Trampa"
Hay políticos que se jubilan. Hay políticos que se van a dar charlas TED sobre su propio legado. Y hay uno, uno solo, que a los setenta y tantos decidió que lo suyo no era el retiro sino el *pivot*. Joaquín Lavín lleva cuarenta años dando vueltas entre La Moneda, la alcaldía de Las Condes y, ahora, la dirección del Instituto de Emprendimiento de la Universidad del Desarrollo —cargo que ocupa con la naturalidad de quien pone al zorro a dictar el seminario de seguridad del gallinero—, y en todo ese trayecto jamás ha perdido la capacidad de sorprenderse a sí mismo. Contó, con el candor de un niño que acaba de descubrir la electricidad, que no sabía lo que era un MVP hasta que alguien se lo explicó; que ignoraba qué era una ronda *seed*; que la palabra *full-stack* le sonaba a plato de fondo. A esa edad, con ese currículum, ese asombro no es humildad: es la prueba de que Lavín nunca necesitó entender el mundo para intervenir en él. Le ha bastado, toda la vida, con anunciarlo.
Porque esa es la clave de todo lo que sigue: Lavín no vende productos, vende el gesto de estar lanzando algo. El contenido es lo de menos. Lo que importa es la foto del lanzamiento, el titular, el "innovador exalcalde sorprende otra vez". Es el político convertido en franquicia de sí mismo, con nuevas temporadas cada cierto tiempo, todas protagonizadas por el mismo personaje: el visionario que llega justo a tiempo para resolver un problema que, casualmente, nadie le pidió resolver.
Empecemos por los clásicos, porque Lavín sin nostalgia no es Lavín. Corría el año 2013 y el entonces ministro de Desarrollo Social se paró junto al director del Fosis a presentar, con la solemnidad de quien anuncia la cura del cáncer, un recetario para que una familia de cuatro personas comiera "a la chilena" —rico, sano y con identidad nacional— por apenas 2 mil pesos diarios. Para la hazaña se convocó a tres chefs, se hicieron fotos, se sirvió una ensalada de degustación y se explicó ante las cámaras, con el tono de un descubrimiento científico, que las familias vulnerables efectivamente gastaban poco en comida porque, efectivamente, tenían poca plata. Un hallazgo digno de un doctorado.
Lo bello del episodio no es solo el menú —chupe de repollo, fricasé de habas, salpicón de las carencias nacionales—, sino la convicción con que se presentó como política pública algo que en cualquier otro país se habría quedado, con suerte, en la sección de tips del suplemento dominical. Y no fue un exabrupto aislado: en el mismo período de "recetas temerarias", como las bautizó la prensa de la época con una generosidad que hoy cuesta entender, Lavín impulsó también canchas de nieve artificial en pleno Santiago y experimentos para hacer llover sobre la capital. Es decir, en un solo currículum ministerial conviven el hombre que quiso alimentar a los pobres con calculadora en mano, el hombre que quiso traer el invierno europeo a una ciudad que se derrite en enero, y el hombre que aspiró, literalmente, a controlar el clima. Ningún guionista se habría atrevido a juntar las tres tramas en un mismo personaje por miedo a que resultara inverosímil.
Avancemos trece años. Es 2026, Lavín ya perdió dos primarias presidenciales, ya fundó una edtech, ya dirige un instituto que enseña a jóvenes a emprender —presumiblemente con él como caso de estudio, aunque no se sabe bien de qué tipo—, y decide que el próximo mercado desatendido es, nada menos, la vida espiritual de los chilenos. Nace así "Santos x Chat", un chatbot que permite conversar por WhatsApp con cinco santos de la Iglesia Católica: Madre Teresa de Calcuta, San Josemaría Escrivá y otras tres voces del más allá, todas disponibles, eso sí, bajo modelo de suscripción. Seis mil pesos al mes por un santo. Ocho mil por el "Plan Completo — Todos los Santos", que sale, ya lo calculó medio Twitter, más caro que Netflix. La fe, básicamente, empaquetada en *tiers*, como si el cielo tuviera una versión premium y una versión con anuncios.
El eslogan oficial —"la fe que camina contigo"— tiene ese tono de *startup* de bienestar que promete transformarte la vida entre una notificación push y otra. Uno imagina la experiencia de usuario: le escribes a San Francisco de Asís preguntándole si conviene refinanciar la hipoteca, y el modelo de lenguaje, entrenado "en obras reales" para garantizar "fidelidad conceptual", te responde con humildad franciscana generada por API. Es la evangelización como funnel de conversión, la comunión como *freemium*, la eternidad con renovación automática de tarjeta. Y lo mejor: la empresa promete que no es "un chatbot genérico", como si la competencia relevante en el rubro de conversar con santos difuntos fuera, hasta ahora, alguna otra *startup* menos espiritual y más honesta consigo misma.
Puesto en fila, el historial empieza a leerse menos como una carrera política y más como el catálogo de un solo negocio con distintos empaques. El menú de los pobres, la nieve artificial, la lluvia inducida, Akademi —la plataforma de matemáticas para niños que fundó "inspirado" tras seis meses en España, con la ambición declarada de "cambiarle la vida a los niños" y, en la misma frase, "ser un gran negocio", porque en el universo Lavín ambas cosas siempre vienen juntas, como el agua y el aceite que igual alguien te vende emulsionados—, y ahora los santos por WhatsApp. Cada proyecto llega con el mismo ritual: el anuncio grandilocuente, la entrevista donde Lavín se describe a sí mismo con el asombro de un explorador, la prensa que documenta el lanzamiento como curiosidad simpática, y el silencio posterior sobre si la cosa realmente funcionó. Nadie hace nunca la columna de seguimiento: ¿cuántas familias efectivamente comieron con 2 mil pesos diarios? ¿Nevó alguna vez en Providencia por decreto ministerial? Ese capítulo, convenientemente, no se escribe.
Lo que sí tienen en común todos estos emprendimientos es el público al que apuntan: siempre el que tiene menos margen para el error. Los pobres, que no eligieron el menú de 2 mil pesos; los niños de clase media, target declarado de Akademi; y ahora los creyentes, esa categoría transversal y compuesta, en su mayoría, por gente que no está precisamente sobrada de seis a ocho mil pesos extra al mes para consultarle a un algoritmo si Dios aprueba su próxima decisión financiera.
Y mientras el patriarca perfecciona su relación con lo sagrado vía inteligencia artificial, el resto del clan Lavín negocia con una autoridad bastante más terrenal: la Fiscalía. Su hijo, el exdiputado Joaquín Lavín León, enfrenta una investigación por el uso de SocialTazk, una plataforma de manejo de bases de datos electorales que, según el Ministerio Público, fue financiada con fondos del Congreso y prestó servicios a más de setenta candidatos de la UDI, incluida la propia campaña de su padre en la primaria presidencial de 2021. La causa —que ya cita a declarar al propio Lavín Infante y alcanza a otros dos miembros de la familia— habla de fraude al fisco, tráfico de influencias y falsificación de instrumento privado.
Puesto uno al lado del otro, el contraste no necesita adjetivos: mientras un Lavín le vende a Chile la posibilidad de conversar con la Madre Teresa de Calcuta por WhatsApp, el otro Lavín le explica a la fiscal Constanza Encina el destino de fondos públicos. Si "Santos x Chat" incluyera, entre sus cinco figuras espirituales, a algún patrono de las coincidencias familiares, esta sería, sin competencia, la temporada más ocupada del año para esa suscripción.
Se podría cerrar esta columna con una ironía elaborada, pero la realidad, como casi siempre con Lavín, ya la escribió mejor que cualquier columnista. En 2013 el mismo hombre le explicó a Chile cómo comer con 2 mil pesos al día. En 2026 le ofrece, a esos mismos bolsillos, la posibilidad de hablar con Dios por 6 mil pesos al mes. Entre el chupe de repollo y el chat con Santa Teresa de Calcuta hay una línea perfectamente recta, y esa línea tiene nombre y apellido: es el hombre que nunca resolvió el problema, pero que jamás, en cuarenta años, dejó de encontrarle una manera nueva de vendértelo. Si algún día lanza el "Plan Completo — Todos los Emprendimientos", que incluya menú, nieve, lluvia, matemáticas y santos en una sola suscripción mensual, probablemente medio país se anote antes de preguntar el precio. Esa, más que cualquier chatbot, es la verdadera fe que Lavín ha sabido cultivar durante cuatro décadas: la fe de sus votantes en que la próxima ocurrencia sí, esta vez sí, va a funcionar.





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