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Francisco Chahuan, embajador en México... el arte de llegar al final

Dieciséis años en el Parlamento enseñaron a Francisco Chahuán una habilidad insuperable: aparecer, firmar la asistencia y desaparecer antes de que calentara la silla. Kast, en su infinita sabiduría, encontró el destino perfecto para tan portentosa disciplina.


Gracias Rucio por valorar mi llegada a cada evento social, 5 minutos antes que finalizara
Gracias Rucio por valorar mi llegada a cada evento social, 5 minutos antes que finalizara

Chile amaneció este martes 26 de mayo con una noticia que merecía fanfarria: el Presidente José Antonio Kast designó a Francisco Chahuán como embajador de la República en México. El anuncio llegó con beneplácito ya obtenido, currículum prolijo y todas las formas del protocolo. Lo que no llegó, naturalmente, fue una explicación de por qué un hombre que hizo de la ausencia su principal marca registrada iba a representar al país ante el gobierno azteca. Pero en esto la patria ha dado muestras de paciencia infinita.


Hagamos justicia histórica. Chahuán fue, de 2010 a 2026, senador por la Circunscripción 6 de Valparaíso. Dieciséis años ininterrumpidos en la Cámara Alta, o más bien en sus inmediaciones, porque la diferencia entre «estar en el Senado» y «estar cerca del Senado» es, en el vocabulario chahuanesco, meramente geográfica. El senador más votado a nivel nacional en 2017 —dato que él repitió con la frecuencia de un ventilador de oficina pública— descubrió tempranamente que los votos se ganan en el territorio y las sesiones se aguantan hasta donde uno pueda.


«Llegaba a los últimos cinco minutos. En el Casa Tinto de La Cruz, donde su propia gente lo esperaba, los discursos ya habían terminado cuando él cruzaba la puerta. Dos fotos, abrazo, promesa de llamar. Y desaparecía en el humo, como Carlos Pinto. Pero sin resolver el misterio.» Fuente anónima del Distrito 6.

Sus propios electores recuerdan con mezcla de admiración y estupor su técnica de aparición relámpago. El método era infalible y se repetía con precisión quirúrgica en cada rincón del Distrito 6: llegaba exactamente a los últimos cinco minutos de cada evento. No cuatro, no seis. Cinco. En cada acto protocolar con alcalde y fotografía oficial. En cada ceremonia de inauguración de algo que prometía discurso largo. Y sobre todo —con una regularidad que roza lo sobrenatural— en el Casa Tinto de La Cruz, el centro de eventos del corazón de su propio distrito, donde la gente que lo había votado lo esperaba de verdad.


Llegaba cuando los discursos ya habían terminado, saludaba a todo el mundo con la emoción de quien regresa de la Antártida, posaba para dos fotos, juraba que hablaría después con cada uno, y desaparecía envuelto en humo —como el mismísimo Carlos Pinto al cierre de cada episodio— antes de que sirvieran el café. La diferencia con Pinto es que Carlos al menos se queda hasta que el misterio se resuelve. Chahuán se iba justo antes de que empezara la parte importante.


En cuanto a su trabajo legislativo, el Senado guarda registro de que Chahuán presentó 106 proyectos de ley en un solo año. Dos por semana, con la regularidad de un metrónomo. Cifra impresionante, si uno no se detiene a preguntar cuántos leyó antes de firmarlos. A ese ritmo es estadísticamente imposible haberlos redactado, revisado, debatido, y además aparecido en los últimos cinco minutos del Casa Tinto. Algo tuvo que sacrificarse. Los que conocen su agenda saben perfectamente qué fue. Presentar proyectos, conviene recordarlo, es una tarea perfectamente compatible con el envío de un colaborador a dejarlos en la mesa. No requiere presencia física. Es, en ese sentido, la modalidad legislativa ideal para alguien que optimiza sus apariciones.


Pero la gran hazaña de Chahuán no fue legislativa: fue geográfica. Lograr ser senador por el Distrito 6 durante dieciséis años sin que los vecinos de Viña del Mar, Concón, La Cruz o el litoral porteño pudieran precisar cuándo lo vieron por última vez en una feria libre, una junta de vecinos o una inauguración de semáforo es un mérito que la ciencia política aún no ha sabido clasificar. Sus electores lo votaron para que los representara en Santiago. Él los representó, efectivamente, pero desde una distancia que hacía innecesario el desplazamiento. El Distrito 6 era, en la práctica, una circunscripción gestionada por control remoto.


Y al final, como corresponde a toda carrera construida sobre la presencia selectiva y el trabajo delegado, llegó el premio de consuelo: la Embajada en México. Porque en Chile, cuando un parlamentario termina su período sin pena ni gloria pero con suficientes amigos en el lugar correcto, el sistema tiene una salida elegante. No la jubilación. No la reflexión. México D.F., vista al Zócalo, residencia oficial y protocolo diplomático. El Distrito 6 puede seguir esperando. Él ya tiene vuelo.


Hay que reconocerle a Kast una intuición notable: poner de embajador a alguien que domina el arte de aparecer brevemente y no comprometerse demasiado es, en diplomacia, casi un don. Las cumbres multilaterales duran días; Chahuán puede hacer en cuarenta minutos lo que otros hacen en tres jornadas. Las recepciones de la cancillería son exactamente el tipo de evento en que él brilla: traje, sonrisa, foto, palmeada en el hombro al anfitrión, y vuelo de regreso antes de que el protocolo exija más. México, con su exuberante cultura del abrazo largo y la conversación que no termina, enfrentará su verdadero desafío.


Que conste: Chahuán tiene un magíster en Relaciones Internacionales con especialidad en Tolerancia y Paz, obtenido en Murcia, España. Viajó al extranjero a estudiar diplomacia, lo cual lo convierte técnicamente en el candidato más preparado para la embajada entre quienes llegaron al cargo vía cuoteo. El problema no es la formación. El problema es que entre su título y este nombramiento median dieciséis años en que la política exterior brilló principalmente cuando la Comisión de Relaciones Exteriores ofrecía pasaje de avión incluido.


Bienvenido, Excelentísimo Señor Embajador Chahuan, a su nuevo destino. El Distrito 6 no lo echará de menos porque en rigor tampoco lo vio mucho. México, en cambio, tendrá el honor de recibirlo completo —traje, sonrisa y todo— durante los últimos cinco minutos de cada acto oficial. Confiamos en que al menos llegará a esos.

 

 


 
 
 

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