El duo dormilón y la eterna siesta del control público en La Calera
Actualizado: 8 sept
Una comuna, dos roncadores institucionales, tráiganle una manta al duo dormilon.
Hay comunas que tienen dos concejales de oposición, dos de gobierno y un puñado de independientes que hacen equilibrio entre ambos mundos. La Calera tiene, en cambio, un fenómeno más raro y más digno de estudio antropológico: dos ediles que ejercen la fiscalización municipal con la misma intensidad con que un gato ejerce el sigilo — es decir, ninguna, y siempre en el momento menos oportuno. Uno de ellos, locutor de oficio, sabe que el silencio también es un formato radial: el del corte comercial que nunca termina, ese instante eterno en que la música de espera reemplaza a la pregunta incómoda. El otro, independiente de partido pero disciplinadamente militante del sillón, ha convertido el "no tengo antecedentes" en una consigna de campaña permanente, repetida con la convicción de quien de verdad cree que la ignorancia, bien administrada, también es un cargo público.
Juntos conforman lo que aquí, con cariño municipal, llamaremos el dúo dormilón: la bancada que ronca mientras el resto de la sala pide la palabra, que despierta solo para las fotos institucionales y que ha elevado la siesta a categoría de método de trabajo. No son enemigos declarados del control político; son, más bien, sus anestesistas voluntarios.
Hay algunos que han mencionado que este Dúo tiene problemas de salud y por ello, es que duermen en Consejos Municipales; no son comentarios injuriosos ni mucho menos calumnias, sino más bien revisten a un comportamiento que se ha visto, hecho juicios en redes sociales, y que se ha hecho viral en varias ocasiones. Invitamos a quienes hacen ese tipo de comentarios a que revisen los Consejos Municipales y podrán ver que estos no son inventos, son realidades que muchas veces no queremos ver. No conocemos a los involucrados de carácter personal, nos revestimos a los comportamientos de cara a la ciudadanía, una ciudadanía que cada vez está más decepcionada de los políticos.
Además que si tienen problemas de salud, dejemos el espacio a liderazgos sociales en Calera, que hay muchos; en el deporte, en la gestión de evitar la contaminación, en salud, en cultura, etc. Así que si este Dúo sigue asi, muchas gracias por las gestiones, pero den espacio a quienes no tengan algún problema de salud, el cual es el argumento que mencionan quienes los defienden en redes sociales.
Dicho esto y volviendo al hilo conductor de este escrito que no tiene ánimo de menoscabar en las personas, sino que más bien relata hechos que han ocurrido en la vecina comuna de La Calera. Resulta que el jefe comunal de esta historia —llamémoslo el agrónomo del pañol, por su curioso hábito de trasladar maquinaria pública hacia terrenos privados— protagonizó un culebrón administrativo que ya conoce media provincia. Una retroexcavadora y un camión aljibe municipales que, por alguna fuerza gravitacional inexplicable, terminaron trabajando en un terreno particular de su propiedad, en tareas que ningún Plan de Desarrollo Comunal contemplaba ni por asomo. La Contraloría lo confirmó tras fiscalizar el uso irregular de esos vehículos, y le aplicó una sanción de treinta días de suspensión, que el propio edil decidió cumplir sin apelar, no vaya a ser que apelar implicara explicar demasiado.
La Fiscalía, sin embargo, fue bastante más lejos que la vía administrativa: lo formalizó por el delito de fraude al fisco, le fijó arraigo nacional y firma mensual, y abrió un plazo de ciento ochenta días para profundizar la investigación. Como si el expediente necesitara todavía más color, un extrabajador municipal sumó su propio capítulo al asegurar, en una causa laboral paralela, que también lo llevaban a faenar gratis a esos mismos terrenos, en horario laboral y sin compensación extra, mucho antes de que el escándalo llegara a la prensa.
Y aquí es donde el dúo dormilón entra por fin en escena, no para investigar sino para explicar lo inexplicable. Cuando el escándalo estalló, uno de los dos salió a sugerir —con el tono de quien detecta una conspiración astrológica en cada denuncia— que todo esto "olía a interés político" por la proximidad de las elecciones. Una defensa notable, viniendo justamente de quien tiene como función constitucional fiscalizar ese tipo de conductas. Es el equivalente municipal de que el guardia de seguridad, al ver el banco asaltado en cámara lenta, opine que el ladrón probablemente actuó por convicciones ideológicas y no por las cajas fuertes abiertas de par en par.
Hay una frase que circula entre quienes han seguido de cerca este expediente, y que resume mejor que cualquier informe técnico el espíritu de la época municipal que nos ocupa: para más placer, la usan, no sin cierta sorna, quienes llevan meses insistiendo en que alguien revise con lupa el uso de recursos públicos en beneficio de intereses privados. Y la frase funciona como un eslogan involuntario, porque para más placer no hubo objeción alguna del concejo mientras la maquinaria salía del pañol municipal rumbo a terrenos particulares; para más placer el silencio fue unánime en el momento exacto en que debía dejar de serlo; y para más placer, cuando por fin alguien preguntó, la respuesta oficial fue sugerir que la pregunta misma era sospechosa.
Es una fórmula perfecta, casi de manual, para describir un tipo de gestión que entiende lo público como un servicio a domicilio: financiado por todos, disfrutado por uno, y fiscalizado —en el mejor de los casos— por nadie. Para más placer del responsable, y para más siesta del dúo que debía impedirlo. La ecuación es tan redonda que casi merece un estudio de caso en alguna escuela de administración pública, bajo el título "Cómo convertir el control político en un trámite decorativo sin que nadie pierda la calma ni el cargo".
Mientras el concejo hacía yoga institucional, hubo alguien que decidió no relajarse. Un fiscalizador social —esa figura casi artesanal del ciudadano común que presenta denuncias formales porque nadie más se toma el trabajo de hacerlo— insistió una y otra vez ante la Contraloría Regional, exigiendo que el municipio respondiera por conductas que ya eran evidentes para cualquiera con acceso a redes sociales y un mínimo de curiosidad. No tiene fuero, no tiene sueldo municipal, no tiene asesores ni vocero. Tiene, eso sí, la costumbre poco común de leer los informes hasta el final y de volver a golpear la puerta cuando la respuesta institucional llega tarde o no llega.
Su persistencia obliga a una pregunta incómoda para el dúo dormilón: si un vecino, sin sueldo ni cargo, logró más fiscalización real que dos concejales pagados exactamente para eso, ¿qué estaban haciendo ellos mientras tanto? La respuesta, me temo, también tiene que ver con el placer, aunque de un tipo bastante más discreto: el de no incomodar a quien reparte las buenas relaciones políticas, las fotos de inauguración y los favores que después se cobran en silencio.
Conviene no perder de vista que esta modorra institucional no es gratuita ni inofensiva. Cada vez que el concejo mira para el techo, la ciudadanía paga dos veces: una, por el uso indebido del recurso público; otra, más cara aún, por la ausencia de control que permite que esos episodios se repitan sin costo político. El dúo dormilón no ha cometido, hasta donde se sabe, ningún delito; su especialidad es más sutil y, a su modo, más eficaz: la omisión bien ensayada, el silencio administrado con precisión de metrónomo, la ceguera selectiva que solo se activa cuando el foco apunta hacia el edificio municipal.
No pretendo que el dúo dormilón despierte de golpe; sería pedirle peras al olmo, o fiscalización al sillón. Pero conviene dejar registro, para cuando llegue la próxima elección, de que hubo un momento en que la principal virtud política de dos concejales fue el arte de no ver, no oír y sobre todo no preguntar. Mientras la maquinaria municipal viajaba de paseo y el vecino insomne golpeaba puertas administrativas, el dúo dormilón cultivaba su propio terreno: el de la comodidad, sembrado con la semilla más rentable de la política local, que no es otra que el silencio bien remunerado. Y así, entre siesta y siesta, la comuna sigue esperando que alguien, algún día, decida fiscalizar para más placer de todos y no solo de unos pocos.





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